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El bip del teléfono pareció resonar, alargarse indefinidamente.
Me di cuenta de que tenía los ojos cerrados, los párpados apretados y los labios encogidos, mostrando los dientes.
Escuché, esperando el estallido, el dolor.
Pero lo único que oía era el pulso de mis propias venas en la sien, mis dientes rechinando.
Abrí los ojos. Emití un aullido grave y prolongado al soltar todo el aire de los pulmones, alivio y terror mezclados en un nudo que me atenazaba el estómago.
En un gesto automático, sin controlar mis movimientos, apreté el botón otra vez, y otra.
La gente a mi alrededor se daba cuenta de lo que estaba sucediendo, pero yo no.
Lo único que sabía era que debía estar muerta y no lo estaba.
No podía pensar en nada más. Mi dedo pulgar seguía apretando la tecla y el teléfono seguía emitiendo bips, mientras todos en la sala se lanzaban a la acción.
La gente se puso en pie, todos a la vez, todos espoleados por el sonido de un disparo, y salieron corriendo por las puertas.
Kash se tiró sobre Bella, que retrocedía, asustada, sabiendo lo que se le venía encima, levantando el teléfono, el que estaba conectado a una bomba oculta en algún lugar cercano. Bajó el pulgar.
Kash la agarró del tobillo con una mano y tiró, haciéndola caer al suelo. El teléfono salió rodando por el suelo de madera de la tarima, lejos de donde estaba yo. Me tiré al suelo, intentando acercarme de rodillas. Tenía que cogerlo antes de que lo hiciera ella.
Oí a Kash y Bella forcejeando en el suelo, frente al escenario, el chillido rabioso de ella.
—¡Suéltame! —rugió—. ¡Suéltame!
Perdí el equilibrio. Caí sobre el pecho.
La cinta que me rodeaba las muñecas me apretaba hasta un límite insospechado.
Mi teléfono había fallado. Era imposible que tuviéramos la misma suerte con el de Bella.
Si se hacía con él, detonaría la bomba oculta en el pueblo.
Lo vi a apenas un metro, tirado de lado, hacia la parte trasera del estrado.
Oí el grito de Kash. Se le había escapado.
La tarima crujió bajo el peso de Bella, que corrió pasándome por encima y se lanzó a por el teléfono.
Como en cámara lenta, vi sus dedos recogiéndolo del suelo, y cerré los ojos con fuerza al oír la explosión, que me resonó en el cráneo.