Doble cara (Harriet Blue 2) 123
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Si tenía que tomar la decisión, prefería que fuera rápido.

No presionando dos veces el botón, sino solo una vez, algo que pudiera hacer sin pensar demasiado en el dolor que se avecinaba, en todo lo que perdería.

El teléfono emitió un bip. Sabía que en la pantalla habría aparecido el número del teléfono de la bomba que llevaba adosada a la garganta, el primero de la lista de «Llamadas recientes».

Lo único que tenía que hacer era confirmar la llamada, enviar el impulso eléctrico a través del aparato hasta el repetidor, y de ahí al receptor dentro de la botella.

La gente a mi alrededor me miraba, tensos y tapándose la boca temblorosa con las manos.

Mis víctimas si yo quería, si decidía que sus vidas eran menos importantes que la mía.

Lo curioso era que lo veía, me veía tomando la decisión para salvarme.

Nadie es un héroe en situaciones así. El cerebro está entrenado para proteger el cuerpo, y tuve que hacer acopio de toda mi rabia para resistir a la tentación de quitarme la vida en lugar de acabar con la de ellos.

Aquella gente hacía caso omiso de los necesitados que vivían entre ellos, del hombre que vivía a las afueras del pueblo, como si estuviera exiliado.

Era gente que había ignorado o malinterpretado a una niña desesperada cuando ella había buscado su comprensión.

En un lugar así, nada permanece en secreto.

En los pueblos pequeños, los secretos se comparten, se llevan cerca del corazón.

Y allí todos eran una familia. Se protegían entre ellos, por mal que se llevaran.

Bella quería dejar rastro. Ser recordada, igual que la gente recordó a Dylan Klebold y Eric Harris tras la matanza de Columbine, un par de monstruos hambrientos de sangre, segando vidas de adolescentes como si nada.

Igual que recordaban a Seung-Hui Cho todos los estudiantes que pasaban por el campus del Virginia Tech.

Y solo con que una persona recordara lo que había hecho Elliot Rodger, y que hubiera cambiado de conducta por ello, él ya estaría contento.

Bella había dicho que el momento de hablar ya había pasado. Aquel sería su manifiesto.

—No puedo hacerlo —dije. Kash ya estaba al borde de la tarima, a apenas unos metros. Si se acercaba más, entraría en el radio de acción del explosivo—. Tengo que apretar el botón, Elliott. Tengo que hacerlo.

—¿De verdad? —exclamó Bella, burlona—. ¿De verdad vas a morir por estos idiotas? —Se giró hacia Kash, incrédula—. No puede hablar en serio.

—Harry —dijo Kash—. Espera un momento, aguarda.

—La bomba podría estar en cualquier parte —respondí—. Podría estar bajo la casa de Mary Skinner. Ahora mismo ella está ahí, con sus hijos. Podría estar ahí fuera. —Miré a la gente del otro lado de las ventanas, amontonados, tal como esperaba Bella—. No puedo arriesgarme.

—Ni siquiera conoces a esa gente —murmuró Bella rogándome con la mirada, rogándome que demostrara que tenía razón, que demostrara que, al igual que la gente de Last Chance Valley, yo solo buscaba protegerme a mí misma—.

Piensa en todo lo que tienes que perder, piensa en tu hermano.

—En las comisuras de su boca apareció la sombra de una sonrisa.

Eso era lo que quería. Una heroína declarando sus intenciones ante la multitud, un grupo de personas indignas de ella.

Lo que esperaba de mí era que escogiera salvarme. Que fuera egoísta como todos ellos.

—Tengo mucho que perder —le dije a la chica que iba a acabar con mi vida. Pensé en Sam y las lágrimas amenazaron con hacer acto de presencia—. Pero no acepté este trabajo para protegerme a mí misma.

Era lo único que podía decir: que ser agente de policía era lo único digno que había en mi vida.

Desde el momento de mi nacimiento había sido un problema, una molestia, un fracaso, una carga que iban pasándose unos a otros para evitar que causara molestias significativas.

Cuando me hice poli, aquella sensación desapareció.

Ser policía era mi objetivo, mi penitencia.

—Lo siento —le dije a Kash.

Apreté el botón una segunda vez y oí el bip del teléfono.