Doble cara (Harriet Blue 2) 122
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Whitt se quedó inmóvil en la entrada de la caseta para botes, mirando al hombre del embarcadero.

Por un momento intentó convencerse de que la persona que estaba ahí sentada era en realidad un montón de sogas, un gran barril con unas boyas al lado.

Lo que fuera, menos la silueta de un hombre.

Era imposible. Pero al parpadear para adaptar la vista a la oscuridad, vio la silueta de aquella cabeza afeitada y la suave caída de unos hombros anchos bajo la camiseta húmeda.

El hombre estaba sentado con las piernas cruzadas y las manos en el regazo, mirando el agua.

Whitt se sacó el teléfono del bolsillo y miró la pantalla. No tenía cobertura.

—Es la central eléctrica —dijo el hombre sin girarse.

Whitt se sobresaltó al oír su voz. A su alrededor, las cuerdas colgadas de las vigas se agitaron suavemente con la brisa del río.

Sacó la pistola y quitó el seguro. El hombre del embarcadero respiró hondo, soltó el aire y tosió un poco.

Estaba herido. Ahora lo veía. Y algo ladeado, mostrándole solo el lado derecho.

—La central eléctrica —dijo el hombre agitando una mano—. Colina arriba. A veces interfiere con la señal telefónica aquí, junto al agua.

—Eres Regan Banks —dijo Whitt—. El... el cómplice de Sam.

Regan se giró y se puso en pie. Era mucho más grande que Whitt.

El policía no sabía si se lo estaba imaginando o si lo recordaba realmente, pero le pareció reconocer al hombre que se le había echado encima en el aparcamiento de su edificio, el reflejo borroso de su cara en las puertas de acero del ascensor.

Tenía el rostro largo, puntiagudo, inexpresivo.

Ese era el hombre que había secuestrado a las chicas.

Whitt lo percibía, lo notaba. Ese aire de sueños frustrados.

No tenía nada de la vitalidad de Samuel Jacob Blue, de su candidez.

Estaba claro que era un ser que consumía vidas.

—No somos cómplices —dijo Regan.