121
—Siéntate aquí, Harry —me ordenó Bella sonriendo, al tiempo que movía una silla del borde del escenario.
Yo casi me dejé caer encima. Las piernas ya no me aguantaban y la mente me daba vueltas.
No era solo la bomba que llevaba pegada al cuello, sino el hecho de estar en el escenario, por encima de aquella gente que se escondía bajo las mesas y se arremolinaba en las esquinas, incapaces de apartar la mirada de mí y de mi captora.
Aquello era una pantomima grotesca, un número de marionetas.
Y todo iba saliendo como lo había programado ella.
Mejor incluso. Su espectáculo atraía a la gente de la calle, que miraban por las ventanas, apretujándose, hablando unos con otros, o contando lo que ocurría en el interior a los que no podían ver.
Acercó otra silla y la puso junto a la mía, de modo que nuestras rodillas casi se tocaran.
Pensé en la bomba: probablemente, si la detonara ahora, ella también saldría gravemente herida, puede que hasta muriera.
Pero al igual que los asesinos en serie que idolatraba, esa jovencita probablemente tuviera instintos suicidas.
Había dedicado todos sus esfuerzos mentales de los últimos meses, o años, a la planificación de ese evento.
No importaba nada más allá de ese día, el Día Cero. Ahora todo tenía que salir perfecto.
—Es como si estuviéramos dando un espectáculo, ¿no te parece? —me dijo mientras me acariciaba la pierna en un gesto absurdo. Yo me agarré al respaldo de la silla con ambas manos—. Una especie de entrevista. Harry, ¿por qué no me preguntas qué va a pasar a continuación?
—¿Qué va...? —Tragué saliva. Tenía la boca seca. Kash se había abierto paso por entre las mesas y se había situado junto al escenario. Seguro que atacaría cuando tuviera ocasión, pero de momento solo podía procurar tener a Bella a tiro—. ¿Qué va...?
—Bueno, vas a tener que escoger —dijo ella, que no me quitaba ojo de encima—.
Te he elegido a ti porque creo que eres la mejor persona para demostrar mi planteamiento.
Ya te he contado cómo ha actuado la gente de Last Chance Valley.
Lo que han permitido que pasara. Ya sabes qué tipo de gente son.
Quiero que pienses en ello, sopésalo objetivamente, como si fueras miembro de un jurado, ¿sabes?
Me dio unos golpecitos en la sien con el dedo índice, con tanta fuerza que casi me hizo perder el equilibrio.
—¡Nosotros no hemos hecho nada! —gritó alguien desde el fondo del pub. Era una anciana—. ¡Estás loca, Bella, no lo hagas!
—¡Socorro! —Un chico joven estaba llorando al final de la barra, agarrándose la cabeza con las manos—. ¡Por favor, sacadnos de aquí!
—Mantened la calma —dijo Kash, acercándose al escenario—. Que todo el mundo se calme.
—Hay otra bomba —prosiguió Bella haciendo caso omiso—. Está en algún sitio, cerca de aquí. Quizá esté aquí mismo, en este edificio —dijo señalando a su público—. O quizá esté ahí fuera, en algún sitio. Bajo la casa de alguien. En la cocina de alguien.
—O a lo mejor no está en ningún sitio —dije yo intentando lamerme los labios— y estás mintiendo.
Bella asintió.
—Supongo que tendrás que considerar eso como una opción.
Mira, confía en mí, la bomba existe. Es la más grande de las que he hecho.
He usado todo lo que me quedaba. Todo el fertilizante que he molido para hacer estos aparatos.
—Dio unos golpecitos a la botella que tenía pegada a la garganta, haciendo que el líquido se moviera y chocara contra mi tráquea.
Una mueca de angustia se dibujó en mi rostro cuando recordé la muerte de Dez—.
Voy a dejarte escoger: puedes salvar a esta gente o salvarte tú.
—Harry. —En los ojos de Kash se veía la desesperación. Me acordé de su expresión en el hospital en White Cliffs, su gesto de desolación. Alargó una mano—. No lo hagas. No hagas nada.
—Voy a darte este teléfono móvil —dijo Bella.
Lo cogió y me lo puso en la mano. Yo tenía los dedos insensibles.
No sabía si lo estaba agarrando con demasiada fuerza o si se me caería por falta de presión.
Me imaginé apretando el teléfono sin querer, activando la bomba que tenía en la garganta antes de tener tiempo para pensar siquiera.
Bella me pasó su mano cálida sobre el brazo, acariciándome los bíceps con delicadeza—.
Solo tienes que apretar un botón, el más grande.
Dos veces. He introducido el número del artilugio que llevas al cuello.
Si aprietas el botón dos veces, morirás.
Bella echó una mirada a la gente que nos miraba, a sus expresiones horrorizadas. Eso era lo que buscaba desde el principio, tener todo el poder, un control total. Aquella era su venganza. Ahora sí la escuchaban. Y ya era demasiado tarde. Terriblemente tarde. Fantásticamente tarde.
—Si no aprietas tu botón, yo apretaré el mío —dijo, levantando otro móvil y haciendo una floritura en el aire con él—. Y morirán otros, quizá muchos.
—Harry, escúchame —dijo Kash—. No tienes que hacer nada ahora mismo. Necesitamos más tiempo. Bella, tienes que darnos más tiempo. Tenemos que hablar de esto.
—El momento de hablar ya pasó —dijo ella, poniéndose de pie y apartándose del radio de alcance del explosivo.
Miré el teléfono que tenía en la mano. Tenía el pulgar sobre el botón de goma justo por debajo de la pantalla, el botón más grande del teléfono.
Me miró a los ojos, eufórica—. ¿Qué vas a hacer?
La miré y apreté el botón.