Doble cara (Harriet Blue 2) 120
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Whitt sabía que se equivocaba cuando giró la esquina y llegó al puesto de control en la bifurcación.

Unas enormes barreras de plástico rojo desviaban el tráfico a la derecha, apartándolo de la orilla del río, por Henry Lawson Drive.

Frenó tras un coche al que desviaron después de comprobar la documentación y al llegar su turno le mostró la licencia al agente del puesto de control. Empezaba a lloviznar.

—Inspector Whittacker —dijo el agente enfocándolo con la linterna—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Solo quiero echar un vistazo rápido por la ribera. Comprobar si está por aquí.

—No está —respondió el joven agente sonriendo—. Tenemos todo bloqueado de aquí a Tombuctú. Hacen barridos periódicos. Pero si quiere puede ir a mirar.

Whitt saludó y siguió adelante, algo decepcionado.

Por supuesto, no había sido el primero en pensar que el asesino podría volver al río Georges, un lugar que evidentemente significaba algo para él.

Salió del coche y miró hacia el largo y estrecho tramo de césped que se extendía junto al agua.

Había policías por todas partes, de uniforme y de paisano, apoyados en los árboles, mirando mapas, enfocando el fango de la orilla con sus linternas, más allá del rompeolas de ladrillo gris.

El tramo de río donde habían sido hallados los cadáveres de las chicas no tenía más de trescientos metros de longitud.

Pero Whitt opinaba que eso no significaba necesariamente que ese tramo fuera importante para el asesino.

La mayor parte de la presencia policial estaba concentrada allí, en el lugar donde habían encontrado a las chicas, sobre la playa.

Más allá se extendía el parque, poblado de vegetación, con algún claro en el que había mesas de pícnic y baños públicos, columpios para los niños y papeleras rodeadas de miles de chapas de cerveza y colillas de cigarrillo.

«¿Qué tenía ese sitio? ¿Por qué significaba tanto para el asesino?

», se preguntó Whitt mientras se colaba entre los árboles a oscuras, donde no llegaban las luces.

Pensó en los lugares importantes de su vida, empezando por su casa de Perth, lugares cuyo olor aún percibía cuando pensaba en ellos, donde aún se veía de niño, jugando en la playa, acurrucado en enormes sillones de la biblioteca o perdido entre los puestos de enormes mercados, rodeado de tesoros y cogido de la mano de su madre.

De hecho, los únicos lugares que se le ocurrían que tuvieran un significado espiritual profundo para él se habían instalado en su mente durante su infancia.

El río Georges en realidad era un parque de las mil maravillas para los niños: frondosos bosques que se extendían por kilómetros, enormes formaciones de roca caliza perfectas para trepar, esconderse y tener conversaciones secretas.

El parque era tan grande que en lo más profundo vivían cabras salvajes y ciervos, que de vez en cuando se dejaban ver en las carreteras.

Y también sería un paraíso para los adolescentes, que podían fumar, ligar y encender hogueras.

Sam Blue se había mostrado bastante desconcertado cuando el equipo de Nigel le había preguntado qué significaba para él.

Dijo que cuando era crío habían ido de vez en cuando, con las familias de acogida que había tenido en la zona.

Pero no había vuelto desde entonces. A los investigadores no les había sorprendido que el lugar donde se habían hallado los tres cuerpos de las víctimas no significara gran cosa para el principal sospechoso. Supusieron que mentía.

De pronto le vibró el teléfono y miró la pantalla.

Era un mensaje de texto del laboratorio.

Abrió la imagen y vio un rostro, uno de los barbudos de la serie de fotografías de sospechosos del hotel abandonado: Regan Banks, el número ocho.

Su ADN coincidía con el de las muestras tomadas de las uñas de Tox.

Whitt vio un oscuro embarcadero que se adentraba en el agua.

Al lado había una pequeña caseta para botes.

Se dirigió hacia allí, pensando en que así podría resguardarse del viento y llamar a Pops.

Había perdido la esperanza de que el asesino pudiera estar allí, en el río, con toda aquella presencia policial.

Ahora solo pensaba en su siguiente movimiento.

No era consciente del peligro que lo acechaba.