Doble cara (Harriet Blue 2) 118
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Veía las luces del pueblo amontonadas en una maraña difusa, los negros brazos de los despeñaderos nos rodeaban.

El viento me provocaba escalofríos, pero sabía que no podía hacer tanto frío como me parecía a mí.

Intenté caminar despacio para poder pensar.

La botella que tenía bajo la barbilla me pesaba.

Bella me había pasado la cinta americana varias veces en torno al cuello.

Me tiraba del pelo y de la piel por detrás de la oreja.

Me costaba caminar con las manos a la espalda.

La cinta me apretaba mucho, aplastándome la muñeca sana contra el yeso del otro brazo.

Cuando me había pedido que me atara yo misma, me había parecido una ventaja ser yo quien me pasara la cinta en torno a las muñecas con las manos a la espalda.

Había empezado por envolverme la muñeca sana y había dejado algo de espacio entre las muñecas, esperando que pensara que lo había hecho sin darme cuenta.

Pero aquello no funcionó. Cuando remató el trabajo, se aseguró de inmovilizarme las manos del todo.

Sentía un cosquilleo en los dedos. Se me estaban quedando dormidos.

—Muévete, que no vamos de paseo —dijo Bella clavándome la pistola en las costillas.

—Si voy más rápido me caigo.

—Yo de ti procuraría no hacerlo. Si arrancas uno de esos cables de la botella, explotará.

—¿Qué es?

—Es fertilizante —dijo—. Nitrato de amonio y gasolina, y un par de cosas más.

Y nadando en el líquido hay un móvil barato.

Bueno, las tripas de un móvil. He abierto el teléfono y aislado el circuito que se activa cuando suena.

Cuando llame a ese número, el circuito hará que prenda el combustible, y entonces estarás muerta.

—¿Y eso cuándo pasará? —Dejé de caminar. Me planté frente a ella y la miré fijamente a los ojos—. ¿Cuándo vas a marcar ese número? Si vas a matarme, Bella, deberías hacerlo aquí mismo.

—Ese no es el plan, cariño. —Sonrió y agitó la pistola ante mis narices—. Más te vale seguir mis instrucciones.

—¿Por qué?

—Porque si no te planto una puta bala en la pierna y tendrás que arrastrarte hasta el pueblo. Por eso.

Se encogió de hombros, con la pistola en una mano y un teléfono en la otra. Me giré y seguí caminando. Muy pronto llegaríamos a las luces. Ya veía a la gente de pie en la calle, oía el entrechocar de los vasos.

—¿Dónde has aprendido todo esto? —pregunté, divagando, intentando conseguir que hablara, aunque fuera de sus planes devastadores. Necesitaba razonar con ella. No podía dejar que se encerrara en su mente irracional—. ¿Tú ya sabías fabricar estas cosas?

—Está todo en internet —dijo.

Habíamos comprobado las direcciones IP y las búsquedas en internet de todo el pueblo. Pero Bella ya no vivía aquí, estaba solo de visita.

—Puedes encontrar una solución para todo lo que quieras —prosiguió—.

No hacen falta productos químicos complejos ni grandes máquinas.

Maté a Zac con el temporizador del horno de papá.

—Suspiró y levantó la cabeza para mirar las estrellas.

Una sonrisa apareció en su rostro—. ¿Tienes idea de lo bien que sienta decir algo así? Yo maté a Zac. Yo-maté-a-Zac.

—Él no te había hecho nada, nunca formó parte de todo esto.

—Todos forman parte de esto —dijo—. Aún no lo pillas.

Es un sistema. ¿Tú te crees que las cosas malas del mundo suceden porque un par de personas lo deciden?

Eres aún más tonta de lo que pensaba, Harry.

Las cosas malas del mundo suceden porque un par de personas lo deciden y porque un montón de gente no hace nada para evitarlo.

Eric y Dylan. Elliot Rodger. Seung-Hui Cho.

Todos ellos decidieron matar a inocentes, a gente que no les había hecho ningún daño.

Cuando llegaba el Día Cero, todo se reducía a dar rienda suelta a la rabia, a acabar con la mayor cantidad posible de gente, buscar el sufrimiento de cualquiera, fuera inocente o culpable.

Me estremecí. Bella caminaba a mi lado, como si fuéramos dos amigas dando un paseo vespertino.

—¿Tú te crees que tú y tu hermano os habéis metido en el lío en que estáis por las acciones de un par de personas? —preguntó.

«No», pensé. Tenía razón, alguien había matado a esas chicas y le había cargado el muerto a mi hermano.

Tenía que creer que había sido así. Pero otros habían completado el cuadro.

Nigel y su equipo habían interpretado mal la situación y habían ido a por él, le habían sacado una confesión a golpes, lo habían encerrado y habían pasado por alto otras pistas que seguro que estaban ahí.

Los periodistas lo habían condenado, y la opinión pública había creído a esos periodistas.

Hasta nuestra madre lo había hecho. Su mayor preocupación había sido sacar dinero de la situación.

Tenía mucha rabia acumulada e iba dirigida a mucha gente, incluida yo misma porque no estaba allí, sino que estaba en medio de la calle, en un pueblo miserable en medio de la nada, a punto de morir.

No sería más que otro nombre en la larga lista de la gente que no había estado ahí para ayudar a Sam.

—Yo creo que tú quieres que te detenga, Bella —dije—.

Creo que dejaste ahí el diario para que yo lo encontrara.

Arrancaste la página del plan, ¿verdad? No querías que fuera demasiado fácil.

Querías poder llevarlo a cabo si no respondía adecuadamente.

Pero, Bella, ahora estoy respondiendo, no tienes por qué seguir con esto.

—Cierra el pico. —Me dio una patada en la parte baja de la espalda, y tuve que hacer un esfuerzo para no caerme—. El momento de hablar ya pasó hace tiempo.