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Whitt estaba de pie en el vestíbulo del hospital, inmóvil.
A su izquierda, bajando por las escaleras, estaba la unidad de triaje en la que habían metido a Tox, que había muerto en la ambulancia y resucitado después ante sus narices.
Había perdido el pulso, y después consiguieron que lo recuperara.
Whitt supuso que eso quería decir que había estado muerto.
No lo tenía claro. Un paramédico le había colocado otra máscara y se había puesto a apretar una bolsa de goma, insuflándole aire en los pulmones.
Otro más le había examinado los ojos con una linterna, le había clavado unas agujas, le había pegado cosas en los brazos.
Y todo eso mientras tenía la mano dentro de la bolsa de pruebas, al lado del cuerpo, intocable.
Tras el pánico de los primeros momentos, todos habían acabado por entender que aquella mano contenía la prueba que indicaría quién le había dejado en ese estado.
Whitt no había dicho nada. Se había quedado sin palabras.
Pero al cabo de una hora, más o menos, una enfermera había salido a la sala de urgencias y le había entregado un portaobjetos de cristal en una bolsita.
Whitt le había dado las gracias y luego subió corriendo al laboratorio, en el tercer piso.
Tendría que tomar el mando del laboratorio.
Lo que hiciera falta. No tenía tiempo de llevar la muestra a una unidad forense de la policía.
Ahora estaba entre esos dos lugares, el laboratorio donde estaban analizando las raspaduras de las uñas y el departamento de triaje, donde Tox se debatía entre la vida y la muerte. Sacó el teléfono y llamó a Harry, pero saltó el contestador.
—Hola —dijo tras la señal. Y hasta ese momento no se dio cuenta de que tenía las manos cubiertas de sangre.
De hecho, tenía toda la ropa manchada. La gente lo miraba con cierta alarma al pasar por delante—.
Hum... Llámame... Esto... cuando puedas.
Tenemos una muestra de ADN del sospechoso del río Georges.
Creen que en unas tres horas tendremos los resultados.
Estoy... eh... No tengo muy claro qué hacer ahora.
Tox está... está... Llámame cuando puedas.
Se sentó en una silla de plástico junto a una máquina expendedora llena de tentempiés cargados de azúcar.
Tenía que concentrarse. Había patrullas por la calle buscando al asesino en plena noche, intentando localizar a los doce hombres que habían sido identificados por sus huellas en el hotel abandonado.
Ahora estaban buscando también en las urgencias de hospitales y clínicas, por si aparecía alguien herido, porque estaba claro que Tox le habría causado algún daño a su atacante.
El asesino no podía saber que había alguien esperándolo en casa de Harry.
Habría visto las luces encendidas y se habría preguntado si ella estaba en casa.
¿Para qué quería a Harry? ¿Para hacerle lo mismo que a las otras chicas?
Nada de todo aquello tenía sentido. No, no tenía sentido si la teoría era que ese hombre era el cómplice de Sam Blue.
Porque si era así, si era su cómplice, su amigo, no tenía motivo para desear hacerle daño a Harry.
¿Y por qué iba a colarse en el apartamento de la agente si sus intenciones hacia ella eran buenas?
¿Se había colado a la fuerza? Era imposible determinarlo.
Habían reventado la puerta de la entrada, y los vecinos del edificio decían que tenían la convicción de que había sido el hombre tirado en el vestíbulo el que la había abierto a la fuerza. ¿Habría entrado por otro sitio?
Tenía que encontrar a ese tipo. Presentarse en el apartamento de Harry había sido una imprudencia.
Caitlyn McBeal se le había escapado. Su cara probablemente habría aparecido en televisión, aunque solo fuera entre los rostros de otros sospechosos.
Ahora el asesino estaba a la fuga, probablemente herido.
Estaría en modo de crisis, haría lo que hacen siempre los asesinos cuando se meten en problemas: ir a casa, donde se sintiera seguro.
No literalmente a su lugar de residencia, porque la policía estaría vigilando las casas de los doce sujetos, sino a lo que considerara su hogar, donde habría empezado todo.
Pero ¿eso dónde demonios era?
Whitt se puso en pie. Tenía una idea.