Doble cara (Harriet Blue 2) 115
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—¡Oh, Dios mío! —dijo Whitt mientras bajaba la cuesta desde donde había aparcado el coche, dejándolo medio cruzado en un callejón.

La calle estaba cortada, bloqueada por coches patrulla, ambulancias e incluso un camión de bomberos que intentaba abrirse paso por entre el jaleo.

La policía estaba redirigiendo el tráfico, enviándolo hacia Kings Cross.

Estaban colocando vallas. Los agentes intentaban mantener a la gente alejada del edificio del apartamento de Harriet.

—Había oído la llamada por la radio: posible avistamiento de uno de los sospechosos de asesinato del caso del río Georges.

«Un herido, un desaparecido, un muerto».

Al llamar a Tox y ver que no le respondía, y cuando conoció la ubicación del incidente, supo lo que había pasado.

Se sacó la placa del bolsillo de atrás y empezó a abrirse paso por entre el gentío, acercándose al cordón policial.

Arriba había una ventana rota y cristales en el vestíbulo.

Whitt estaba subiendo las escaleras a la carrera cuando un paramédico cargado con una camilla que apenas cabía por la esquina de la escalera lo empujó contra la pared.

Era Tox, con su cabello rubio repeinado hacia atrás, bañado en sangre, y con una máscara de oxígeno pegada al rostro.

Tenía el cuello ensangrentado y el rostro de color gris ceniciento.

—¡Deje paso! —dijo uno de los paramédicos, dándole un empujón y dejándole una gran mancha roja en la camisa—. ¡A un lado!

—¿Está vivo? ¿Está vivo? ¡Oh, Dios!

«Un herido, un desaparecido, un muerto».

Hacía mucho que no rezaba, pero ahora lo estaba haciendo para que ese hombre, esa extraña criatura que ni siquiera sabía si le caía bien, no muriera.

Porque ahora se daba cuenta de que todo ese tiempo le había tenido aprecio.

Era maleducado, grosero, impredecible. En eso se parecía mucho a Harry.

Whitt también había tardado mucho en darse cuenta de que le tenía aprecio a la agente, y ahora haría lo que fuera por ella.

Algo más allá, un hombre corpulento vestido con un polo estaba tirado en la alfombra, empapada en sangre, con dos paramédicos haciéndole el masaje cardíaco.

Whitt fue corriendo tras los paramédicos que llevaban la camilla de Tox.

—¡Decidme si está vivo!

Los paramédicos estaban gritándose el uno al otro, jerga médica, instrucciones.

Uno de ellos parecía pelearse con Tox mientras avanzaban, intentando apartarle las manos.

Whitt llegó a su altura. Efectivamente, Tox estaba tendido, con un brazo encogido contra el pecho, el puño cerrado, y con la otra mano se agarraba la muñeca.

Luchando por mantenerse consciente, sin querer soltar el brazo.

Whitt observó y sintió un cosquilleo en la piel, de alegría y de alivio, al ver que Tox abría los ojos y lo miraba por un momento antes de dejar caer la cabeza.

—Señor, necesito ponerle una vía en la muñeca. ¡Suelte!

—¡ Prea ! —masculló Tox, pero la máscara de oxígeno le distorsionaba la voz.

—¿Qué? —Whitt apartó al paramédico de un empujón—. ¿Qué dices? ¿Qué hay que probar?

—¡ Prea ! —Tox tenía dificultades para respirar. Tosió, y manchó de sangre el interior de la máscara. Una... prueba.

—No lo entiendo —protestó Whitt, desesperado—. Yo...

Tox soltó la muñeca del brazo que tenía pegado al pecho y agarró a Whitt de la camisa. La otra mano seguía cerrada formando un puño.

—¡PRUEBA!

Esta vez Whitt lo oyó claramente. Fijó la vista en el puño de Tox, pegado al pecho.

—¡Oh, Dios! ¡Joder! ¡Vale! ¡Ya lo pillo, lo pillo!

Whitt salió corriendo a la calle, abrió la puerta del primer coche patrulla que encontró y cogió una bolsa de pruebas. Corrió hacia la ambulancia y llegó justo en el momento en que los paramédicos cargaban a Tox. Whitt se coló en el minúsculo espacio.

—¡Señor, tiene que salir de la ambulancia! ¡Estamos intentando salvar una vida!

—Ni hablar.

Whitt agarró a Tox de la muñeca y le envolvió la mano con la bolsa de pruebas. Tox ya había perdido la conciencia, de manera que el brazo había perdido toda su fuerza.

Whitt cogió un rollo de vendas del estante a su lado y lo usó para rodearle la muñeca a su socio, fijando la bolsa que le envolvía la mano.

—Tiene pruebas forenses bajo las uñas. Tenemos que protegerlas hasta que podamos analizarlas.

—¿Cómo puede ser tan egoísta? —le espetó una de las sanitarias en el momento en que las puertas se cerraban tras ella y el motor arrancaba con un rugido—. ¡Este hombre se está muriendo!

—Si lo hace, no será en balde —respondió Whitt.