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—Se lo conté también a Rebecca Greene, mi antigua maestra —dijo Bella contando con los dedos—.
Me prometió que haría algo. Una semana más tarde se mudó.
Pidió el traslado a Darwin y no volví a verla.
Cuando Brandon Skinner murió de sobredosis, el año pasado, intenté contárselo a su madre, Mary.
—Alargó el brazo hacia el norte—. Ella insistió en que había sido un accidente.
No había pasado nada, era un niño feliz.
«Perdí un hijo». Las palabras de Mary volvieron a mi mente.
«Al final saldrá todo».
«El final está cerca».
—No tenía pruebas. No encontraba las fotografías porque él las había escondido muy bien.
Lo único que tenía era mi relato. Se lo conté a una de las chicas que había estado conmigo en el desierto en uno de los campamentos.
—Bella tenía los ojos brillantes—. Mara.
Me la encontré en la universidad, en Sídney.
Salimos y nos emborrachamos. Ella no quería saber nada de todo aquello, habían pasado demasiados años.
Era feliz y no quería que una historia retorcida de cuando estaba en el pueblo, de algo que ni siquiera recordaba y que casi no podía creerse le arruinara su nueva vida. Total, solo eran fotos, ¿no?
Las dos miramos a Dez, que suplicaba a su hija con la mirada.
—Yo te creo, Bella —dije, y señalé las fotos tiradas a mis pies—.
Yo te creo, ¿vale? Y puedo ayudarte. Con estas fotos y con tu testimonio podemos llevarlo a juicio.
Haremos que lo encierren durante mucho tiempo.
Y ahí dentro sufrirá, te lo garantizo. —Por un momento pensé en Sam.
En el tipo de amenazas que recibe un hombre en la cárcel cuando sus víctimas han sido mujeres y niños.
—Yo creo que a esta mierda de pueblo ya le he dado demasiadas oportunidades para parar lo que se les viene encima —dijo—.
Ya has leído el diario, así que ya sabes que he estado informándome sobre otros que han hecho lo que yo voy a hacer.
Lo que tienen todos ellos en común es que han dado oportunidades a la gente para cambiar las cosas.
Dejé el diario en esa estación de servicio.
¡Estaba suplicándoos que hicierais algo, joder!
¡Que actuaseis! —Suspiró—. Y vosotros ahí, sentados con él, tragándoos todo lo que os decía mientras cenabais pollo asado. No puedo permitir que esto quede así.
Bella cogió uno de los teléfonos móviles de la mesa y miró a su padre con indolencia, como una adolescente cansada de las tonterías de su progenitor.
Dez se retorció en la silla.
—Es hora de irse —dijo Bella.
Y apretó el botón.