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Dejé las fotografías en el suelo. Ya había visto bastante.
Bella no me quitaba ojo de encima mientras organizaba las cosas sobre la mesa, la cinta americana y tres pequeños teléfonos móviles de plástico de los que se encuentran en el supermercado por treinta dólares.
Dez tenía la vista puesta en el suelo, intentando distanciarse de lo que ocurría.
—Empezó cuando yo tenía catorce años —dijo Bella—.
Justo después de que mamá se fuera. Durante el primer par de campamentos me dejó en casa, pero supongo que luego decidió que necesitaba una cómplice, alguien que dejara sin argumentos a las madres que no querían enviar a sus hijas adolescentes al desierto con él.
Lo cierto es que lo tenía bastante bien montado.
¿Verdad, papá? Esperaba hasta la segunda noche, después les hacía hacer a todos el ejercicio del código morse, para que informaran a sus familias de que se lo estaban pasando en grande.
La segunda mañana empezaba con una gran caminata, de modo que cuando llegábamos al campamento, por la tarde, todos estaban agotados y deshidratados.
Y entonces era cuando me hacía poner la droga en las botellas de agua.
Dez frunció los párpados y se echó a llorar. El líquido de la botella de agua que tenía pegada a la garganta se movía adelante y atrás, al ritmo de sus sollozos.
—Conmigo le fue estupendo —dijo Bella, viendo llorar a su padre sin inmutarse—.
Yo era el espectáculo. La vara de medir.
Todos se despertaban al día siguiente y comentaban lo aturdidos y cansados que seguían, y que no recordaban nada después de sentarse en torno a la hoguera.
Yo me encargaba de tranquilizarlos, convenciéndolos de que todos nos habíamos dormido enseguida porque estábamos muy cansados.
Cuando volvíamos a Last Chance Valley me dedicaba a contarles a los padres y las madres lo bien que nos lo habíamos pasado.
¿Qué otra opción tenía, más que la de ser su cómplice?
Era una niña. —Miró a su padre—. Cuando empezó todo eso yo era una niña.
—Bella... —dije—. Entiendo tu rabia.
—¿La entiendes? —preguntó. Se sentó a la mesa del comedor, junto a todo su equipamiento, y me miró—.
Supongo que has visto cosas así antes debido a tu trabajo.
Sabrás que a veces los niños y las niñas que han sido drogados luego empiezan a recordar.
Nunca están inconscientes del todo. No puedes darles demasiado porque si no corres el riesgo de cargártelos.
Así que a veces recuerdan cosas. Alguien que les baja los pantalones...
—Miró a Dez con una mueca de asco—. Alguien que les sube el sujetador de deporte...
—Bella...
—Pero yo estaba allí —dijo—. Yo era su coartada, me encargaba de volver a meter el genio en la lámpara.
Estabas soñando, solo ha sido una pesadilla, eso no ocurrió realmente.
Con el tiempo adquirí tanta práctica que los convencía sin problemas de que lo habían soñado todo.
Y no volvían a mencionarlo. Ni siquiera a sus padres.
A lo lejos se oía la música del pub del pueblo. Un ritmo grave, alguna carcajada. Por los ventanales que daban a los campos solo se veía oscuridad. Qué no habría dado porque llegara alguien inesperadamente, Kash o Snale, alguien que supiera qué hacer.
Aunque solo fuera para distraerla, de modo que pudiera recuperar mi pistola. Pero ella siguió la trayectoria de mi mirada y sonrió con condescendencia. Las dos sabíamos que no iba a venir nadie.