Doble cara (Harriet Blue 2) 111
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Se oyeron unos golpes en la puerta, un puño golpeando la madera, gritos.

Tox hizo caso omiso. Se colocó sobre Regan, que se debatía, apoyado en un cojín caído sobre el suelo, intentando escabullirse.

Tox le lanzó una cuchillada. Le dio en la parte interior del muslo, atravesando los vaqueros, el cojín, la alfombra.

Le apoyó una bota sobre la pierna e intentó inmovilizarlo.

Le estaba haciendo sentir lo que habían sentido sus víctimas. Y eso era estupendo.

La puerta se abrió de golpe y apareció un tipo alto y corpulento con un polo oscuro y las manos extendidas hacia delante.

Un vecino que volvía a casa del trabajo y que al pasar frente a la puerta del apartamento había oído el jaleo.

Tox se distrajo apenas un segundo, el tiempo suficiente para que Regan se le escurriese de debajo.

Un golpetazo en el lado del cráneo, el ruido de la porcelana rota en pedazos. Tox trastabilló. Había perdido el cuchillo. Se giró levantando el brazo para detener otro embate, pero su enemigo se había puesto en pie y lo agarró desde detrás, con fuerza.

La primera vez Tox ni siquiera sintió cómo entraba el cuchillo. Penetró en su cuerpo como si fuera mantequilla. Regan era un asesino experto, y se lo hundió bajo las costillas, por delante, penetrando en el abdomen.

Tox agarró a Regan, intentó detenerlo, pero el cuchillo penetró otra vez en su cuerpo, dejándolo sin aire.

Le fallaron las piernas y cayó al suelo.

Había perdido el control de su cuerpo, pero tenía la mente totalmente clara.

Aquello no había acabado. No podía haber terminado.

Se concentró, abriendo bien los ojos, y vio que el asesino pasaba de largo, una imagen desenfocada de zapatos y vaqueros azul oscuro.

Iba a por el buen samaritano que estaba en la puerta, el vecino que pensaba que iba a detener una pelea doméstica, y que había presenciado el apuñalamiento, paralizado por el terror.

Tox alargó la mano con todas sus fuerzas.

Cuidado ahora, no puedes fallar. El tobillo del asesino pasó a su lado.

Tox lo agarró por debajo de los vaqueros, por encima del calcetín negro, justo en el momento en que Regan flexionaba la rodilla, dejando a la vista un pequeño fragmento de piel.

Tox apretó con fuerza. Le clavó las uñas, decidido a aferrarse todo el tiempo que pudiera.

Cada milisegundo era precioso. Regan apenas notó el arañazo.

Mientras tanto, el vecino que estaba en el umbral ya estaba retrocediendo.