Doble cara (Harriet Blue 2) 110
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Enseguida me llamó la atención el mecanismo que le rodeaba el cuello, un aparato de torpe factura, pegado con más cinta americana que le tiraba de la piel suelta del cuello.

Bajo la barbilla tenía una botella de agua de plástico en horizontal, con un líquido marrón dentro, casi del color del té.

Vi cables y contactos bajo la cinta en ambos extremos de la botella.

Y dentro, en contacto con el líquido, otros cables que se cruzaban entre sí, unidos con cinta aislante negra.

El aspecto tan poco profesional de aquel mecanismo no hizo más que aumentar mi estado de confusión.

Viendo a aquel hombre sentado en la silla, con esa cosa en torno al cuello, no podía creerme que fuera peligroso en absoluto.

Estaba tan mal acabado, era tan raro, que mi única preocupación en aquel momento era la pistola que me apuntaba y la respiración acelerada del hombre, por si le daba un ataque al corazón.

Miré a la chica con la pistola en la mano. Por supuesto que había sido ella desde el principio.

Desde el momento de nuestro primer encuentro, había hecho lo posible para que todo el que la rodeaba se diera cuenta de lo insatisfecha que estaba con el pueblo, con su gente, con su padre, con todo.

Era algo más que insatisfacción. Era rabia.

Durante la cena, sus reproches por el racismo de su padre le salían de la boca como escupitajos.

Me había implorado con la mirada. Pero yo no había mostrado ningún interés.

Y esa debía de ser la reacción automática con la que se había encontrado casi toda su vida.

Un desinterés constante por todo lo que le molestaba.

Una chica guapa, blanca, estudiante. ¿Qué motivos podía tener para quejarse?

Con un movimiento de la pistola me indicó una silla allí cerca. Yo fui y me senté.

—Cuando me enteré de que venías al pueblo, decidí que te usaría para el Día Cero —dijo Bella, mesándose el cabello con unas caricias lentas y prolongadas—.

Era tan increíble que vinieras, tenerte en medio de todo esto...

Sabía que era una señal. He estado observándote, siguiendo el caso de tu hermano desde el principio.

He visto las imágenes de tu entrada en el juzgado el primer día de la vista.

Se te veía muy agobiada. Recuerdo que en ese momento pensé que en todo aquello tú ibas a ser la víctima que nadie entiende.

La que todos olvidan. La víctima olvidada.

Echó una mirada a su padre. Seguí su mirada y vi cómo al alcalde le caía el sudor por la sien.

—Habrá quien simpatice con tu hermano —dijo Bella—. Y habrá quien simpatice con las chicas muertas, con sus familias. Pero en medio de todo eso estás tú. Nadie sabe lo que se siente.

Se acercó a la mesa de la cocina y cogió un viejo sobre amarillo, grueso como un diccionario.

Observé que había otra pistola en la mesa.

La de Theo Campbell. Bella debió de quitársela la noche que hizo parar al viejo jefe de policía en la ladera, probablemente con algún truco similar al que había usado conmigo.

Haciéndose la indefensa, la frágil, la desamparada, necesitada de ayuda.

Tiró el sobre al suelo, a los pies de su padre.

Dez se encogió. El líquido chapoteó en el interior de la botella.

Capté el mensaje y me dirigí lentamente hacia el sobre, lo recogí y volví a mi silla.

Era esencial moverse despacio, no enfrentarse a ella, no desafiarla.

Escucharla nada más, prestando atención a cualquier cosa que me pudiera ser útil.

Algo que pudiera sacarle, explotar, la clave para parar todo aquello.

Porque era evidente que era una chica muy lista, astuta y manipuladora.

No el tipo de asesino que se deja olvidado un diario, con todos sus planes homicidas, en una mochila de color rojo vivo en la estación de servicio más cercana.

Por eso la mochila era roja y por eso no había nada más dentro.

Era una mochila roja, pero podía haber sido un jodido rótulo de neón que dijera «paradme».

Quería que la pilláramos, quería que la escucháramos, y me había escogido a mí para que la detuviera.

Abrí el sobre, y hasta ese momento no me había dado cuenta de cómo me temblaban las manos. Dentro había un montón de fotografías entremezcladas, desparejadas. Metí los dedos dentro y saqué un puñado.

La primera foto era de un niño sentado contra una pared de roca.

No podría tener más de diez años. Estaba desnudo y tenía las piernas abiertas.

Otro niño tenía la cabeza apoyada en el muslo del primero, con la cara hacia el interior, a apenas unos centímetros de sus genitales.

Era evidente que ambos estaban inconscientes.

Fui dejando caer las fotos al suelo una por una.

Los mismos rostros. Rostros diferentes. Niños y niñas, adolescentes o preadolescentes.

Algunos tirados en el suelo, con las piernas abiertas, la mayoría en torno a una hoguera.

Sobre la arena. Sobre la roca. Acurrucados, tendidos de lado en lechos de hierba seca.

Algunos estaban hechos un ovillo junto a otros, en posturas forzadas, con la cabeza apoyada sobre el vientre o el hombro del otro, las bocas bien abiertas, en la oscuridad.

Empezó a aparecer un hombre en las fotos, con una prominente barriga blanca y pecas, con los muslos pálidos. Dez.

La náusea iba apoderándose de mi estómago, presionándome la garganta desde abajo. Había visto fotografías así muchas veces en mi trabajo.

—¿Para qué me quieres usar, Bella?

—Para que difundas mi mensaje —respondió, y luego sonrió.