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Con la pistola en la espalda, caminé hacia la puerta de la casa, demasiado atónita como para ofrecer resistencia.
Había entrado en modo de negación, claro síntoma de mi estado general de estrés por el caso y de mi desapego emocional tras los asesinatos de hacía unas horas.
Disonancia cognitiva, lo mismo que sufren los soldados, que hace que salgan sin dudarlo a terreno de nadie, bajo el fuego de la artillería, como si se dispusieran a dar un paseo por el parque.
Esto era un juego. Una travesura de una jovencita borracha.
Cuando me devolviera la pistola, se daría cuenta del lío en que se había metido.
Y yo también me metería en un buen lío si alguien llegaba a descubrir que me había quitado el arma para sus jueguecitos.
Sí, «jueguecitos». Porque era como una niña, una jovencita que había vuelto a casa para estudiar y prepararse para los exámenes.
Su mayor preocupación debía ser encontrar horas para estudiar y no pasarse las vacaciones viendo telebasura o chateando en Facebook.
Me llevó al comedor, donde pocos días antes me había sentado con su padre y había oído cómo discutían sobre el racismo imperante en los pueblos pequeños.
Dez estaba sentado en una de las sillas del comedor, igual que aquel día.
Pero sin duda estaba mucho menos cómodo que en esa otra ocasión, pegado a la silla con cinta americana, que le rodeaba los hombros y su prominente barriga, dejando a la vista algunos botones y parte de la tela, empapada en sudor.
La cinta con que le había tapado la boca estaba tan tensa que las mejillas se le habían amoratado, bajo unos ojos desorbitados que me miraron al entrar.
Claro. El plan de la masacre decía «matar a la agente Snale», pero «atrapar a John Destro».
Snale no era más que un obstáculo, fácil de liquidar.
Pero este hombre era el objetivo, el catalizador de todo el plan.
No lo mataría enseguida. Al menos hasta que hubiera cumplido con su cometido.