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El minúsculo pueblo estaba iluminado como un árbol de Navidad.
La gente se dirigía hacia el centro desde la carretera, que fuera del pueblo estaba a oscuras, y los coches iban aparcando desordenadamente en el suelo de tierra.
Kash y yo avanzamos despacio, haciendo sonar la bocina y poniendo las largas con aquellos enormes faros de caza a los despistados que merodeaban por ahí con sus sombreros de fieltro y sus botellas de cerveza.
—Esto es Australia —dije—. Cualquier excusa es buena para ponerse hasta arriba de cerveza.
Alguien estaba amenazando con matar a toda esa gente, y ellos habían decidido concentrarse en la calle para fingir que no tenían miedo.
Sonaban las bocinas, las tiendas estaban abiertas.
Me asomé y miré hacia el aparcamiento trasero del taller mecánico.
Allí no había ningún camión articulado. Bueno, al menos un consuelo.
Vimos a Snale disuadiendo a un par de jóvenes y paramos a su lado. Tenía el uniforme cubierto de manchas de sudor.
—Esto es de locos —dijo jadeando mientras Kash bajaba la ventanilla. Nos miró y debió de darse cuenta de la dimensión de lo que habíamos vivido—. ¿Qué ha pasado? ¿Estáis bien?
—Estamos bien —dije—. Vamos a aparcar y venimos a ayudarte a controlar a la multitud.
Kash siguió adelante. Hacia el final del pueblo vimos una mancha blanca en el suelo y Kash tuvo que pisar el freno de golpe.
Era Bella Destro, con vaqueros azules y unos tacones exagerados, intentando ponerse de pie, con una mano apoyada en el asfalto y una botella de cerveza en la otra. Salí del coche y la ayudé a levantarse.
—Tú eres la última persona que esperaba ver aquí —le dije.
—¡Uuuu! ¡La inspectora Harriet Blue! —dijo trastabillando. Me sonrió y se peinó el cabello hacia atrás—. ¡Mira cuánta gente! ¡Es una fiesta!
Kash hizo sonar la bocina y nos asustó a las dos. Agarré a Bella y me la llevé hacia la puerta del acompañante.
—Ya me la llevo a casa con el coche. Está fatal —le dije a Kash—. Tú reúnete con los otros y échales una mano. Vuelvo enseguida.
No estaba centrada. Estaba triste y dolida por la carta de Zac, por todos esos estúpidos jovencitos, chavales que intentan huir con oro robado, que se caen de bruces en la calle como animales heridos, riendo y apestando a cerveza.
Aquel pueblo era una locura. De pronto sentí una rabia tal que apenas podía hablar.
No pensaba. Me puse a conducir, llevándome a Bella por donde habíamos venido, hacia la oscuridad, sin pensar.