107
Una vez en el coche, apoyó la cabeza en la ventanilla.
De pronto ya no parecía la chica patosa y divertida que habíamos visto en la calle.
Me imaginé que estaría cansada. Yo no tenía la mente en lo que estaba ocurriendo dentro del vehículo.
Estaba pensando en el centro del pueblo, donde posiblemente hubiera un asesino dispuesto a emprenderla a tiros con todo el mundo.
Me puse a repasar la lista de medidas de seguridad.
Sabía que Snale y otro agente habían guardado las armas bajo llave y la munición por separado, de modo que, aunque alguien consiguiera superar sus defensas, perdería mucho tiempo en hacerse con un arsenal que pudiera serle de utilidad.
Snale y el equipo desplegado en el pueblo harían controles periódicos.
Tenía que haber cogido una radio, conectarme a su canal.
No importaba, regresaría en unos minutos.
Cuando acabáramos con eso, teníamos que procesar a Stieg y Scullen.
Invasión de propiedad privada y operaciones mineras sin licencia.
También teníamos que procesar a Mick, y avisar a las familias de los muertos.
Pero eso ahora no era importante. Meneé la cabeza.
Lo que era importante era procurar que esa noche todos estuvieran a salvo, aunque el asesino no se presentara.
Entré en la finca de los Destro y emboqué la larga vía de acceso, iluminada con farolas.
—Debes de sentirte muy sola —dijo Bella de pronto. Me giré para observarla. Estaba sentada con las manos en el regazo, mirando hacia la casa, con el semblante tranquilo.
—¿Qué quieres decir?
—Todo eso de tu hermano —dijo en el momento en que paraba junto a la casa—. Está en la cárcel. Tiene sus propios problemas. Tú estás libre, aquí fuera, intentando seguir con lo tuyo. Y nadie te cree cuando dices que es inocente.
Mi hermano era lo último de lo que quería hablar. Salí del coche, dejando la pistola a su lado, en el centro del salpicadero.
Idiota. Qué idiota.
—Nadie te cree —dijo otra vez, mirándome mientras le abría la puerta—. Y eso debe de hacerte sentir muy sola.
—No tengo tiempo para conversaciones profundas —respondí—. Sal. Tengo que irme. Tengo cosas que hacer.
Entonces fue cuando me apuntó con la pistola.
—Tú no vas a ningún sitio.