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El problema era atarme las muñecas sin soltar la pistola.
Y el yeso le complicaba aún más las cosas.
Lo intentó, se rindió y se echó atrás. Yo moví las manos, apoyándolas en el suelo, junto a los hombros, en una posición como si quisiera hacer una flexión de brazos, lista para levantarme de un brinco.
No sabía qué iba a pasar a continuación, pero era la única que tenía las manos libres.
Todo dependía de mí. La piel quemada me picaba al contacto con el sudor.
Planté los dedos de los pies en el suelo y los clavé en la arena hasta sentir el contacto con la tierra.
Mick nos estaba observando mientras decidía. Aún podía convencerlo, seguro que sí.
—Todo el mundo piensa en salir de aquí —dijo Mick sin alterarse.
Se frotó la barba—. Quiero decir que lo entiendo.
Yo me crie aquí, igual que vosotros. Para cuando tienes edad de darte cuenta de que hay todo un mundo ahí fuera, ya has echado raíces.
Te quedas o lo abandonas todo, a todo el mundo. No hay punto intermedio.
Estaba disculpándose, pidiendo perdón por lo que estaba a punto de hacer. Yo tenía un nudo en la garganta. Apenas podía respirar.
—Esta era vuestra única oportunidad —dijo Mick. Apuntó con la pistola hacia Jace—. Ahora es mi oportunidad.
—¡No! —grité. La pistola atronó no una vez, sino dos. Mick era un pistolero experto, un hombre de campo. Había disparado a perros demasiado viejos, a caballos que habían perdido la fuerza, a dingos que se habían colado en su propiedad.
Disparó a Jace en la cabeza y luego se giró, amartilló de nuevo el revólver y disparó al hombre que tenía al lado, Damien, antes incluso de que yo tuviera tiempo de ponerme en pie. Me eché encima de él, con la imagen de la cabeza de esos dos hombres cayendo, inertes, aún en mi mente.
Se oyeron gritos. Gritos de hombres. Los dos supervivientes del grupo, Frank y John, se arrastraron por el suelo y fueron a esconderse junto a la pared de roca.
Kash estaba de pie, trastabillando, intentando soltarse las muñecas.
Yo forcejeé con Mick, intentando quitarle la pistola, sintiendo la presión de su gran barriga contra mi pecho al echarse atrás, con las manos en alto, intentando evitar que la agarrara.
La tercera bala impactó en la pared, por encima de nosotros, e hizo saltar esquirlas de roca y polvo.
El polvo se me metió en los ojos, y a Mick también.
Di un paso atrás y le di una patada en la entrepierna antes de que pudiera volver a apuntar.
Fue una buena coz, con el tacón. Se plegó en dos y cayó al suelo.
Agarré la pistola y le di un culatazo en la nariz, reventándole el hueso.
Eché el brazo atrás y golpeé otra vez, dándole en la sien.
Kash ya se había soltado. Me cogió la pistola antes de que pudiera golpear al tipo, ya inconsciente, por tercera vez.
Jace y Damien estaban muertos. Me acerqué a ellos, les volví la cabeza y comprobé si tenían pulso. Kash ya estaba saliendo por la abertura en la roca para pedir asistencia médica.
Cogí el cable que se había quitado Kash de las muñecas y puse a Mick panza abajo. Le até las muñecas. Frank Scullen y John Stieg me observaban, anonadados, mientras yo tiraba del cable y rodeaba sus muñecas una y otra vez.
—Tendría que dejaros que os soltarais solos, por imbéciles —dije mientras me acercaba para desatarlos.