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Por supuesto que había otros. ¿Cómo podía pensar que algo así se limitaría a cinco hombres? Theo Campbell, Jace Robit, Frank Scullen, John Stieg y Damien Ponch. Por supuesto que se había corrido la voz.
Los pueblos pequeños no están preparados para secretos así, que pueden cambiar la vida a la gente.
Last Chance Valley era un cuchitril, todo el mundo quería salir de allí.
Unos cuantos hombres habían encontrado el modo, y los otros se lo habían olido.
Su esperanza oculta. Volví la cabeza ligeramente y el cañón del arma me tocó la sien.
Entreví a un hombre gordo y con barba. El encargado del pub.
El capullo de Mick. Olía a sudor y a bourbon.
—Suelta el arma. Tú también.
Kash y yo dejamos caer nuestras pistolas. Los ojos de Jace ya no mostraban la misma furia. Parecía incrédulo, angustiado. Todos sus planes se habían venido abajo ante sus narices.
—Mick —exclamó—. ¡Qué cojones!
—Sí, exactamente —dijo el dueño del pub sonriendo—. Qué cojones. ¿Encontráis un tesoro y pensáis que podéis cogerlo, sin más, y marcharos con él? Menudo puñado de cabrones egoístas.
—No hagas ninguna tontería —murmuré con las manos en los costados—. Todos podemos salir vivos de aquí si mantenemos la calma.
Él no me hizo ni caso.
—Yo me preguntaba qué estaríais tramando —dijo Mick con una risita socarrona.
Me dio un empujón y yo caminé despacio hacia Kash y me giré, intentando no hacer movimientos bruscos.
Mick les dio un par de patadas a los hombres que tenía más cerca hasta que se tendieron en la arena, boca abajo—.
Os he visto en el pub cuchicheando y murmurando como un puñado de viejas brujas.
Sabía que os traíais algo entre manos, así que os he seguido hasta aquí, y vaya sorpresa.
Pensé que sería mejor esperar, dejar que hicierais todo el trabajo duro por mí.
Pero luego he visto que estos polis os iban detrás y he tenido que intervenir antes de que os detuvieran.
—Se dirigió a Kash y a mí—. Vosotros dos, de rodillas.
Nos arrodillamos en la arena. Notaba cómo me caía el sudor por los costados. Mick rodeó a Kash y le quitó la segunda pistola del cinto, lo empujó con la bota e hizo que se estirara boca abajo, como el resto de los hombres.
—Tú. —Me señaló—. Coge esos cables de ahí y átalos a todos. Y no creas que no te vigilo.
Me arrastré a cuatro patas hacia un montón de cables eléctricos.
Los hombres habían estado taladrando, haciendo estallar cargas de explosivos en la pared de roca para profundizar en el filón.
Me pregunté hasta qué punto sería seguro todo aquello, si no acabaríamos sepultados por un desprendimiento de rocas.
Una planta carnívora cerrándose de golpe sobre un puñado de moscas avariciosas.
Levanté la vista. La abertura llegaba hasta la superficie.
En lo alto se veían las estrellas. Quizá hubiera esperanza.
Mick le murmuró algo a Jace mientras yo me acercaba y le ataba las manos con los cables.
—Sin duda debe de haber mucho aquí si habéis decidido haceros con el oro y dejar todo atrás —dijo Mick—. Veamos. Si quisiera empezar una nueva vida, supongo que necesitaría al menos cien de los grandes. Con cien mil dólares podríais iniciar una vida bastante cómoda en Tailandia.
—Que te jodan, capullo —espetó Jace, con la barbilla apoyada en el suelo y los dientes apretados. Yo me acerqué a atarle las manos a Frank.
—Pero claro, supongo que lleváis aquí un montón de tiempo —comentó Mick—. Empecé a notar que actuabais de forma rara hace meses. Pongamos que lleváis como tres meses escamoteando piedras. Y de pronto Soupy Campbell os las pilla. Y no veis otra opción más que la de hacerlo callar.
—¿Cuál es tu plan? —le pregunté a Mick. Me había escogido para que atara a todo el mundo.
Debía de tener cierta confianza en mí. Intenté mantener un tono de voz bajo, nada amenazante—.
Nos dejas aquí atados a todos y luego te vas a registrar las casas de todos, te llevas las piedras y te vas. Eso es lo que vas a hacer, ¿no?
Mick no respondió. Até a todos los hombres de Jace y me dispuse a hacer lo mismo con Kash, que tenía las manos sudadas.
—Porque en realidad no hay necesidad de hacer daño a nadie. Los chicos te dirán dónde tienen escondido el oro para que puedas desaparecer y contar con una buena ventaja.
—Cierra el pico y acaba lo que estás haciendo.
—En ese caso solo sería robo —dije—. Solo eso. Vete ahora, y si te pillan, probablemente te caiga una pena menor. No querrás acabar en búsqueda y captura por seis asesinatos. Cuando nos encuentren, bloquearán todas las salidas del país para encontrar al responsable.
Mick movió la pistola, señalando el suelo de arena. Me tendí y noté cómo se colocaba encima de mí, el asqueroso contacto de su bragueta contra mi espalda mientras me tiraba del brazo hacia atrás con la mano libre.
—¿Y quién dice que os van a encontrar?