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Regan rodeó la esquina de la cocina dejando algo de espacio, asomó la cabeza y miró dentro, donde había un hombre apoyado en la encimera, cruzado de brazos y con la vista fija en él.
El hombre tenía un aspecto desaliñado, turbio.
Como si hubiera sobrevivido a algún desastre natural y hubiera salido así del bosque, con el cabello revuelto y los rasgos duros, ropa sucia y cara de hambre.
Era grande y musculoso. Llevaba unas botas enormes.
Desde luego había sido un gran error por parte de Regan.
¿Quién era ese tipo, el novio de Harriet?
¿Qué más había que no supiera de la hermana de Sam?
Una vez más, le fallaban los planes. Aquello cambiaba el juego. Regan sintió un subidón de adrenalina.
—La verdad es que esperaba que vinieras —dijo Tox.
Regan intentó interpretar aquellas palabras.
Miró hacia la puerta. ¿Era una trampa? No, por supuesto que no.
Si no, a estas alturas ya estaría inmovilizado en el suelo, las ventanas habrían estallado y un pelotón de cuerpos especiales habría invadido el edificio.
El tipo iba por libre. Y tenía una pistola negra en la encimera, apuntando hacia la pared.
El hombre de la cocina volvió a mirar a Regan y sorbió aire por la nariz.
—Así que eres tú —dijo Tox mientras lo examinaba—. He visto fotos tuyas. He visto la huella de tu mano en el cuerpo de tus víctimas, tus puñetazos. Supongo que pensaba que sabía el aspecto que tendrías, pero eres diferente.
—¿Diferente en qué?
El hombre de la chaqueta de cuero se encogió de hombros.
—Supongo que esperaba que fueras más grande.
—¿Más grande? —A Regan casi le entró la risa.
—Hmm —dijo Tox. Suspiró—. Más fuerte. —Tox lo escrutó, mirándolo de arriba abajo—.
¿Sabes? No me gustan los hombres que hacen daño a las mujeres y a las niñas.
La verdad es que no me gustan nada. Así que esperaba que, cuando por fin te atrapara, pudiera darte una buena paliza antes de entregarte a la policía. Tenía muchas ganas de hacerte sufrir.
Regan se rio. Vaya, aquello era un regalo inesperado.
—Estoy seguro de que no te defraudaré —dijo Regan.
El hombre de la cocina separó los brazos y mantuvo la posición, con sus enormes manos a los lados del cuerpo.
—¿Estás preparado? —preguntó.
—Oh, sí. —Regan sonrió—. Vaya que si estoy preparado.