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Nos pusimos en marcha. Kash estaba tenso a mi lado, escrutando la oscuridad. Dejé la máxima distancia posible entre la camioneta de Frank y la nuestra, intentando no levantar sospechas con mis luces. Los haces de luz de ambos vehículos subían y bajaban por las colinas y las lomas del desierto.
Estábamos ya bastante lejos del pueblo cuando las luces dejaron de moverse. Apagué las nuestras y avancé lentamente hacia un enorme eucalipto rodeado de maleza. En el momento en que Kash y yo salíamos del coche, una manada de dingos aullaron en algún lugar del desierto.
«Aquí podría acabar mi vida», pensé, como siempre hacía cuando me encontraba en situaciones así.
Al meterme en una casa donde se sospechaba que había un niño en peligro, al abrir a la fuerza la puerta de unos estudios de cine porno, una mazmorra, un burdel improvisado.
He recibido formación específica para afrontar diversos peligros, un francotirador en una ventana, un hombre armado detrás de la puerta, un cable cruzado en medio del pasillo para activar una granada.
Sé cómo detectar ese tipo de situaciones, pero siempre hay que contar con algo inesperado, un nuevo invento de los malos.
Mueren polis a diario. «Este podría ser el día en que me toque a mí».
Seguí a Kash a paso ligero, con la cabeza gacha y la pistola en mano.
Las camionetas estaban aparcadas en la base de un barranco.
Una grieta vertical abierta en la corteza de la tierra atravesaba la enorme superficie de roca.
Apenas tenía un metro de anchura. Sabía que probablemente habría un punto de observación en el interior, junto a la entrada de la cueva.
Kash se puso al otro lado de la entrada.
Yo avancé sigilosamente y miré dentro. Vi un par de piernas rollizas de alguien que estaba sentado en el suelo.
John Stieg estaba colocándose en posición, trasteando en su teléfono, haciendo las comprobaciones necesarias y enviando lo que tuviera que enviar antes de iniciar su largo turno de guardia.
Me eché encima de un salto antes de que pudiera levantar la vista del teléfono, consciente de que le costaría adaptar la vista a la oscuridad tras haber mirado tanto rato la pantalla luminosa.
Alargó una mano hacia la pistola que tenía en el suelo, junto a la cadera.
—No lo hagas —dije extendiendo la mano. Él se detuvo cuando ya tenía el dedo junto al protector del gatillo.
Abandonó su intento de coger el arma y apartó la mano.
Se puso en pie a regañadientes, frotándose la barba.
Sentí el aliento de Kash a mi espalda. Allí no había mucho espacio.
Estábamos tan apretados que, en caso de forcejeo, aquel tipo podría escapárseme.
Stieg se giró y yo lo empujé con el cañón de mi pistola, apartándolo del arma tirada en el suelo, que Kash recogió y se metió atrás bajo el cinturón del pantalón.
—Al menor ruido disparo —le advertí.
Caminamos a oscuras. Por delante se oía el ruido de piezas entrechocando, encajando unas con otras, hombres hablando con voces que resonaban en las paredes de la angosta cueva.
Vi cables por el suelo. Me di cuenta de que respiraba a trompicones, aceleradamente.
Depósitos, cables, el brillo enfermizo de las linternas frontales atravesando el polvo que flotaba en el aire. Era difícil no toser.
La grieta se ensanchó y de pronto nos encontramos con los otros tres. Jace Robit era el que estaba más cerca de mí, ajustándose una mascarilla de algodón que le cubría la nariz y la boca, con un pequeño martillo neumático en la mano. Di un empujón a Stieg, que se unió al grupo.
—¡Policía! —grité, y los tímpanos me retumbaron al rebotar mi voz contra las paredes—. ¡Abajo las herramientas! ¡Manos arriba!
Nadie obedeció. Hacía falta un líder, no una forastera, para que reaccionaran. Todos miraron a Jace.
—¡He dicho manos arriba, sacos de mierda!
—dije mientras le daba una patada al martillo neumático que tenía en la mano Jace, que cayó repiqueteando por el suelo.
Él soltó una carcajada, levantó las manos y las cruzó tras la nuca.
Vi que Kash los apuntaba con su pistola y bajé la mía.
Eché a caminar hasta rebasarlos, mirando hacia las profundidades de la cueva.
Daba la impresión de que se estrechaba hasta perderse en la oscuridad más profunda.
—¿Hay alguien más?
—No —dijo uno de ellos. Le di una patada en el hueco trasero de la rodilla al que tenía más cerca, que pilló la indirecta y se arrodilló.
Los otros lo imitaron. Allí había mucho material.
Plástico y cinta adhesiva, cubos de agua.
Sentía el corazón acelerado, tanto como la mente.
Fuera lo que fuese aquello, no era material para hacer bombas.
Eso era bueno. La pistola me temblaba en las manos.
—¿Qué cojones es todo esto?
Los hombres no respondieron. Kash derribó un cubo de piedras de una patada.
—Oro —dijo—. Han encontrado un yacimiento de oro.
—Joder —exclamé mientras me giraba hacia la pared que teníamos al lado.
Hasta ese momento no me di cuenta de que estaba cubierta de muescas solo visibles a la luz de las linternas—.
De aquí es de donde salió. El paquete que encontramos en casa del jefe Campbell.
¿Os lo confiscó él? ¿Lo matasteis porque descubrió lo que estabais haciendo aquí?
Jace Robit me miraba con dureza por encima de aquella máscara que le tapaba la nariz y la boca.
Me dieron ganas de reventarle la cara con la culata de la pistola.
Si hay algo que no soporto de los sospechosos es que me respondan con silencios.
Pero mi mente seguía procesando datos a toda velocidad, intentando conectar las piezas.
—No estabais metidos en drogas. Era esto. Oro. Theo Campbell os pilló, como decíamos. —Miré a Kash—. Pero él sabía que tenía que haber más. Así que lo matasteis, lo hicisteis saltar por los aires.
—Nosotros no hemos matado a nadie —dijo Frank Scullen, meneando la cabeza y mirándome con rabia—. Eso es una puta mentira. No voy a permitir que me acusen de asesinato.
—¿Quién de vosotros escribió el diario? —La voz me temblaba—. Escribisteis el diario para despistarnos, ¿no?
—¡Nosotros no hemos matado a nadie y no hemos escrito ningún diario! —gritó John Stieg.
—Entonces, ¿por qué todo este secretismo? —dije mirando el suelo, junto al pie de Kash.
Los hombres se miraron unos a otros, salvo Jace, que tenía la vista fija en mí.
—¿De quién es este terreno? —preguntó Kash—. ¿A quién pertenece?
Ninguno respondió. Kash señaló el suelo.
—Si esta tierra no es vuestra y no es pública, quiere decir que este oro lo estáis robando. ¿Estamos en las tierras de alguien?
Oí un clic junto a la oreja. El inconfundible sonido del martillo de un revólver al armarlo.