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Recogí a Kash. Se había quedado junto a nuestro punto de observación, tendido boca abajo al borde de la escarpadura, viendo cómo se ponía el sol, barriendo el valle con sus binoculares.
Entró en el coche sin decir nada. Yo sentía una presión fría en la boca del estómago.
Estaba convencida de que me reprendería por haberme ido, en lugar de quedarme y plantar cara para defender a mi hermano.
Pero mi capacidad para plantar cara era cada vez más reducida.
Dos días más y levantarían la orden de alejamiento, y entonces podría volver junto a Sam.
—Tenemos un problema —dijo Kash sacándome de mi ensoñación.
—¿Cuál?
—Dez ha hecho correr la voz de que la gente del pueblo debe evitar las aglomeraciones.
Que queremos el pub cerrado y la calle principal despejada.
Y parece que ha obtenido el efecto contrario al deseado.
La gente está furiosa, desafiante. He oído que piensan congregarse esta noche en la calle principal como demostración de fuerza.
—¡Vaya, una decisión brillante! —exclamé—. ¡Qué idea más fantástica! Les decimos que es peligroso reunirse en grupos, ¿y qué hacen? Deciden montar una fiesta.
—Son australianos —dijo él con un suspiro—. Les hemos dicho que se alejen del pub del pueblo. Es como agitar una bandera roja delante de un toro.
Cuando pasamos con el coche ya había gente en la calle principal, de pie frente a las tiendas, charlando.
Solo eran doce o trece en total, pero llegarían más.
Flotaba una extraña emoción en el ambiente, una sensación más propia de Navidad o Año Nuevo, de unión vecinal.
No parecía que les importara que hubiera alguien decidido a matarlos a todos.
Pensarían que la turba era más fuerte que un asesino solitario.
Se equivocaban. Yo sabía que se equivocaban.
Vi a Mary Skinner, la madre con los dos niños pequeños, caminando de vuelta a casa, con sus dos hijos correteando por delante. Al menos alguien mostraba sentido común.
Kash y yo aparcamos otra vez junto a los setos, detrás de la casa de Jace Robit.
A las siete y media exactas, lo vimos salir, caminando con pasos decididos hacia su camioneta.
Empezaba a oscurecer, y a lo lejos vi las luces en el garaje de Frank Scullen.
Los dos vehículos salieron a la calle y sus focos nos iluminaron.
—Venga, hijos de puta —dije arrancando el motor—. Mostradnos vuestro gran plan.