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Sin hacer ruido, Regan apoyó el pie en el váter del apartamento de Harriet Blue y se giró, cerrando la ventana del baño tras su paso.
El suave clic del cierre resonó en el silencio del apartamento.
Se quedó inmóvil, a oscuras, mirando el contenido del armarito, sintiendo un cosquilleo de emoción al verlos. Un peine. Botes de pastillas. Cremas.
Salió al pasillo y se fijó en la luz dorada que se reflejaba en el suelo de madera del salón.
Era un buen apartamento. Una buena inversión para alguien que había trabajado duro y que había gastado poco en su vida social.
Regan sabía que había vendido el piso, probablemente para poder pagar la defensa legal de Sam.
En solo unas semanas, tendría que empaquetar todo aquello y hacer la mudanza.
Se alegró de poder verlo tal como estaba ahora, Harry en su entorno natural, la chica de la que tanto le había hablado Sam.
No había nadie en casa, estaba seguro de ello. Dejar las luces encendidas debía de ser un truco de Harriet para que pareciera que estaba en casa, para ahuyentar a la prensa o a los curiosos por si se les ocurría aprovechar su ausencia para colarse dentro.
Al entrar en el despacho, Regan percibió claramente la sensación de abandono en el piso.
Observó la obra del asesino del río Georges en el tablero de corcho tras el escritorio.
Fotografías de sus víctimas, tanto vivas como después de que acabara con ellas, tiradas en la arena gris como animales muertos arrastrados por la marea.
Había informes forenses, perfiles criminales, también las notas de Harry.
Regan ya había visto algunas de esas cosas en el maletín que le había robado a Edward Whittacker.
Le estaban pisando los talones. Pero aquello no había acabado.
Ojalá hubiera ido tal como lo había planeado.
Habría sido perfecto. Se había encontrado con Sam por primera vez después de salir de la cárcel, y fue entonces cuando se le ocurrió.
Sam estaba en un lado del pasillo, frente al laboratorio de informática del campus de la Universidad de Sídney, hablando con una de sus jóvenes alumnas, una chica muy guapa con una melena de color chocolate que brillaba a la luz del sol.
Regan siguió a Sam y se dio cuenta de que vivía rodeado de aquellas criaturas espléndidas.
Lo saludaban desde las mesas de la cafetería y le tocaban el brazo al pasar, sonriendo, preguntándole por alguna tarea.
Sam estaba tan feliz, que se reflejaba en su modo de caminar al volver a casa, por cómo subía las escaleras hasta su bonito apartamento.
Sam era el bofetón perfecto a todos esos trabajadores sociales y a todas esas familias que lo habían ido reubicando de un sitio a otro, al granuja harapiento de ojos hundidos que Regan conocía tan bien, con el que tantas trastadas habían hecho a oscuras a orillas del río.
Chico malo. Chico difícil. Chico indeseado.
El mundo perfecto de Sam brillaba ante sus ojos, con la alegría de una coreografía de un espectáculo de Broadway: gente bailando colgados de las farolas, con los brazos extendidos, cantando con fuerza.
Regan había entrado en el mundo de Sam como una nube de tormenta, sigiloso, hinchándose sobre el horizonte. Habría querido quedarse más tiempo. Todo iba tan bien...
Salió del despacho y volvió al pasillo.
Y entonces oyó un ruido en la cocina.