Doble cara (Harriet Blue 2) 96
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Todo había ocurrido muy rápido. Las historias de amor eran así, o eso había oído Regan.

Se había puesto a hablar con un Sam Blue adolescente en la fiesta de Navidad y había descubierto al chico tímido y desgarbado de cabello negro que vivía con una familia en Panania, no muy lejos de donde estaba él, en Picnic Point.

Sus padres de acogida se conocían. Sam acababa de llegar, lo habían separado de su hermana tras el fracaso de su última asignación.

La echaba de menos. Regan escuchó, maravillado, su suave voz.

Por aquel entonces no habría podido decirle lo que sentía.

Aquellas ideas obsesivas, los sueños en los que él era el protagonista.

Se preguntaba si llegaría a sospecharlo alguna vez.

Vivía una lucha interior para evitar llevarle regalos a su casa de Panania, para no presentarse con demasiada frecuencia, para no quedarse hasta demasiado tarde, charlando y riendo como un tonto en la pequeña habitación azul que le habían preparado sus padres de adopción.

Regan recordaba todo lo que decía Sam. Un día le enseñó una foto de una bicicleta de carreras roja en un catálogo, y Regan empezó a ver bicicletas rojas por todas partes, en bonitos escaparates o aparcadas por la calle.

A veces cerraba los ojos y pensaba en lo que diría Sam si un día le llevaba una de esas bicis.

Se lo imaginaba atónito, sin poder contener las lágrimas de gratitud, rodeándolo con sus brazos, la presión de su cuerpo enjuto y duro contra el suyo.

Una delicia. Pero era demasiado arriesgado.

Su vínculo era algo perfecto, y no iba a estropearlo. Era puro, intocable, precioso.

Pasaron los meses, y se sentía feliz. Sam y Regan solían quedar en la carretera que bajaba al río.

La luz de la hoguera, el humo flotando en el aire, el penetrante aroma de la marihuana cerca del muro de piedra o de la arena gris.

Corros de chavales riendo, gritando. Regan recordó aquella tarde, sentado en el borde del embarcadero, con los pies en el agua y una chica de nombre desconocido amorrada a su entrepierna, echándose el cabello hacia atrás mientras subía y bajaba la cabeza, levantando la cabeza de vez en cuando para encontrarse con la mirada de Sam, que tenía a otra chica haciéndole el mismo trabajito.

La descarga de placer en lo más profundo de las entrañas, un temblor que se extendía por todo su cuerpo.

Luego se echaron en el suelo con las chicas, quienesquiera que fueran.

Era fácil ignorarlas. Regan cerró los ojos y sintió el codo de Sam en contacto con el suyo, escuchó la respiración de su amigo.

Podrían haber estado solo ellos dos bajo las estrellas. De pronto se sintió libre.

Y de pronto, antes de que se diera cuenta, los de servicios sociales se presentaron en la puerta de su casa, en Picnic Point.

Sus padres de acogida habían decidido hacer un viaje por Italia y no podían llevárselo.

Le habían encontrado otro destino. La pareja le había pedido a los de servicios sociales que fueran ellos quienes se lo dijeran a Regan, porque estaban muy afectados, y sabían que él también era un chico muy sensible.

Querían decir difícil. Pero no podían saber que Regan iba evolucionando en silencio de difícil a peligroso.