Doble cara (Harriet Blue 2) 95
71%

95

Una vez más llegué a la casa de Jed Chatt sin proponérmelo, y al parar delante, me quedé horrorizada al darme cuenta de que probablemente había estado en el punto de mira de su rifle durante el último kilómetro sin darme cuenta.

Me pasé las manos por las mejillas y noté unas lágrimas.

Eso no era bueno. Salí y subí por la cuesta rocosa, aún discutiendo mentalmente con Glen.

De un lateral del porche salió Digger y vino corriendo hacia mí, ladrando alegremente.

—Vaya, eres tú —dije limpiándome la nariz. El perro saltó y me empujó a la altura de la cintura con el morro. Yo le acaricié la peluda cabeza—. Siento lo de antes.

Jed Chatt salió por la puerta principal de la casa y se me quedó mirando, con un evidente gesto de desaprobación en el rostro.

—Te dije que no volvieras por aquí.

—Sí —respondí mientras me acercaba con el perro—. Me lo dicen mucho.

Él puso los ojos en blanco y volvió a entrar en la casa arrastrando los pies. Dejó que la mosquitera se cerrara con un golpetazo. Observé lo mucho que había cambiado la casa. El porche estaba limpio y la vieja barbacoa había desaparecido. El perro entró conmigo.

Jed estaba sentado en el viejo sofá y tenía delante una serie de piezas de plástico, tornillos minúsculos y unas junturas de vivos colores: un pequeño gimnasio para bebés a medio montar, con algunas piezas aún metidas en la caja del envío que tenía al lado.

Debía de haber pasado mucho tiempo con esa actividad desde la última vez que nos habíamos visto.

Organizando, clasificando y ensamblando piezas.

Haciendo espacio para la nueva vida con la que compartía ahora el espacio.

Junto al sofá, en el suelo, estaba el bebé, sentado en una mullida sillita balancín.

De vez en cuando, Jed alargaba la pierna y empujaba la sillita con el enorme dedo pulgar del pie, haciendo que el bebé se balanceara arriba y abajo.

El grandullón parecía algo molesto con mi presencia, pero no mostraba ninguna curiosidad.

Habría podido pasarme allí una hora sin decir palabra, y él tampoco lo habría hecho.

No entendía del todo por qué me sentía tan tranquila cerca de aquel hombre, pero sabía que, inconscientemente, había estado planeando huir hasta su casa en el momento en que Glen había empezado a atacarme. ¿Qué era lo que tenían ese hombre y ese lugar que tanto me atraía?

—Desde luego eres bien rara —dijo Jed al cabo de un rato.

—Tengo la sensación de que tú también.

Miré al bebé en la sillita. Mostraba una sonrisa perfecta, enseñando las encías por entre unos labios bien formados, pero que aún no controlaba bien.

—¿Puedo? —pregunté. Jed no dijo nada. Saqué al bebé de su sillita con cuidado. Pesaba más y estaba más caliente de lo que me imaginaba. El bebé me pasó la mano por la barbilla, por los labios. Le besé los deditos.

—Es hijo de mi sobrina —dijo por fin Jed, echando una mirada a la mano regordeta del bebé, enroscada en torno a mi dedo—.

No la conozco demasiado. O no la conocía.

Sus padres murieron hace ya unos años, y a mí no se me ha dado nunca demasiado bien mantener el contacto.

Me escribió hace un par de meses. No podía llamarme. No tengo teléfono.

Jed dejó la construcción del móvil y se recostó en el sofá, apoyando un pie desnudo sobre la rodilla.

—Ella creció en Bandelong Way, que es aún más duro que esto.

Así que cuando llegó a la ciudad, se llevó una sorpresa, y también todos los demás, a decir verdad.

Se graduó, hizo todos esos cursos complementarios que vienen después, como se llamen.

Y luego, para rematarlo, la aceptaron en ese...

programa de Derecho superespecial. Siempre quiso ser abogada, y ese programa, dice...

Solo han entrado como tres personas en todo el país.

Una de esas cosas que suelen estar reservadas a chicos blancos de colegios privados de Sídney.

Los otros dos candidatos eran de esos. Y se llevaron un buen chasco cuando vieron que se jugaban con ella la calificación que te dan al final del año.

La... participación en la empresa, o como se diga.

El bebé se había dormido en mis brazos. La brisa de la ventana agitaba sus suaves mechones de cabello negro, más fino que el algodón.

—La mañana que mi sobrina debía ir a firmar su primer gran contrato, descubre que espera a este —dijo señalando al bebé con un movimiento de la cabeza—.

Todo el mundo se ríe de ella con ganas. Los otros dos candidatos dan por sentado que obtendrán la participación al final del programa de cuatro años.

Uno de los grandes abogados que gestiona el bufete quiere que la saquen del programa inmediatamente a menos que aborte.

Así que me escribe y me pregunta qué debe hacer.

Yo soy prácticamente el único familiar que le queda.

Y casi no me conoce, pero necesita hablar con alguien.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que siguiera con el programa y que tuviera el bebé.

Yo me ocuparía de él hasta que terminara, hasta que se situara.

Y si no acababa situándose, tampoco pasaba nada.

Imaginé que si dejaba el programa, se vendría abajo, lo mismo que si abortaba.

Era la única solución que se me ocurrió para que no se destrozara la vida.

El bebé gimoteó. Lo levanté un poco, apoyándomelo en el pecho, y le di una palmadita en el trasero, cubierto con un pañal. Apoyé la mejilla en su cabeza.

—No es el mejor lugar del mundo —dijo Jed mientras contemplaba las paredes, aún sucias tras años de abandono, y la abrasadora luz del desierto que se colaba por las ventanas—. Pero es una solución a un problema.

Jed se puso en pie. Supuse que quería decir que era hora de que me fuera. Al principio no me vi capaz de devolverle el bebé. Algo en mi interior había llegado a la absurda conclusión de que aquel lugar era la solución a mi problema. A todos los problemas.

Le devolví el bebé. Él sujetó al minúsculo niño y me miró a los ojos.

Parecía que era consciente de que me quería quedar.

Aquel era un lugar seguro, construido deliberadamente lejos de todo, donde los problemas no podían llegar, el tipo de lugar del que hablan las canciones tristes.

Todo el dolor, toda la maldad, todas las preocupaciones que pudieras tener, podías mandarlas a este lugar, para que este hombre acabara con ellas.

La cruel sensación de que aquel era mi lugar siguió presionándome el pecho, incluso de camino a la puerta.