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Regan había disfrutado toda su vida destrozando cosas bonitas. Era un extraño instinto que tenía, un impulso, el mismo tipo de impulso que hacía que la gente pusiera rectos los cuadros en las paredes o que se pusiera a limpiar la huella de un dedo en un cristal impoluto.
Cuando llegaban juguetes nuevos a la sala de juegos del centro de acogida, los rompía.
Los veía tan brillantes, relucientes, oliendo a plástico, con esos ojos saltones y esas sonrisas tan estúpidas, que le resultaban dolorosamente perfectos.
Arrancaba un ojo a un oso de peluche o el brazo a un robot.
La emprendía a tijeretazos contra el pelo de una muñeca, dejándole a la vista la superficie de goma de la cabeza.
Las cosas rotas y sucias lo hacían sentir bien.
Quizá fuera porque tenía la impresión de que se parecían más a él cuando estaban rotas o mutiladas.
No podía saber el verdadero motivo porque aún era pequeño.
Entonces comenzó a fijarse en los otros niños y niñas.
Empezó con la pequeña Claudia, con sus grandes ojos y sus rizos dorados.
No había duda de que la adoptarían enseguida.
Los cuidadores ya lo comentaban. Era una muñequita, decían.
Regan se coló en la cocina y encontró una caja de cerillas.
Cuando acabó con ella ya no era tan perfecta.
Regan se volvió «difícil». Era una palabra que usaban mucho, y de diferentes modos, tanto las familias de acogida como los trabajadores sociales.
Los oía charlar hablando de él, como si no estuviera presente.
Había tenido «dificultades» en su última casa.
Era «difícil» de asignar por su conducta «difícil».
Había otras palabras: rebelde, agresivo, introvertido.
Regan tenía dieciséis años cuando conoció a Sam.
Estaba de pie, junto a la mesa del pastel, en uno de esos patéticos eventos de Navidad que el Departamento de Atención a la Infancia organizaba cada año en el Ayuntamiento.
Sam era un chaval pálido y desgarbado, con un flequillo negro que le caía constantemente sobre los ojos.
Ellos dos eran los únicos adolescentes en aquella estúpida fiesta.
Regan llevaba un rato mirándolo, aburrido, hasta que vio que Sam echaba el ojo al espléndido pastel de Navidad que alguien había horneado para la ocasión.
Con los bordes perfectos y una cobertura inmaculada, roja y verde.
Cuando no miraba nadie, Sam alargó la mano y apretó una de las piruletas que decoraban el pastel, hundiéndola en el bizcocho, lo que dejó un gran agujero en la superficie. Regan sonrió, y Sam lo vio.
Regan lo había encontrado. Su alma gemela.
Pero, como siempre, la perfección no duraría mucho.
Muy pronto llegaría la sangre, y los gritos.
El Regan adulto lo recordaba ahora, mientras recorría la calle vacía y oscura, con la cabeza gacha y la gorra de béisbol calada sobre los ojos.
Ahora reinaba el desorden, la oscuridad, el caos.
Era una época preciosa y aterradora a la vez, hasta las calles parecían llenas de una vida nueva.
Regan giró una esquina y se cruzó con un grupo de jóvenes mujeres.
Perfume. Sintió que se le tensaban los músculos de los hombros, la presión en los huesos del cuello.
Marissa, Elle, Rosetta. Sus chicas. Sus sacrificios para Sam.
Las mujeres pasaron de largo como una bandada de pájaros.
Ahora no había tiempo para eso. Esa parte de su vida ya había acabado.
De vez en cuando, Regan echaba un vistazo al periódico que tenía en la mano, a los números de los edificios que lo rodeaban. Rodeó el edificio de color azul pálido y levantó la vista hacia las ventanas del tercer piso con vistas al mar.
Las luces del apartamento de Harriet Blue estaban encendidas.