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Tras la incursión en la propiedad de Robit, Kash y yo volvimos en coche por la calle principal.
Había coches patrulla en el pueblo, cedidos por los pueblos de los alrededores, y policías hablando con los vecinos junto a las vallas de las casas.
Mick, el dueño del pub, salía de su casa con un puñado de toallas bajo el brazo y nos vio pasar.
Tenía una gran mancha redonda de sudor en la camiseta, a la altura del ombligo, donde su gran barriga presionaba la tela.
Tiré del brazo de Kash, indicándole con un gesto que se detuviera.
Estábamos pasando cerca de la parte trasera de la casa situada frente a la de Victoria Snale.
Oí voces de niños jugando en el interior y, cuando me acerqué a la puerta, oí que la joven madre que había visto la noche en que Zac Taby había perdido la vida estaba gritando desde algún punto cercano a la puerta de atrás.
Llamé con los nudillos y dos niños, quizá de tres y cuatro años, fueron corriendo hasta la mosquitera y se me quedaron mirando, expectantes.
Aquella noche había visto a aquellos niños de cabello dorado en pijama.
Cuando la madre llegó a la puerta, estaba agitada.
Era evidente que esperaba a otra persona, pero se acordaba de mí.
—Soy Harriet Blue —dije—. Este es mi compañero, Elliot Kash.
Abrió la puerta. Los chicos salieron corriendo, aparentemente muy impresionados con Kash, a sus ojos un superhéroe alto y musculoso. Allí no había ni rastro de que hubiera un padre.
—Mary Skinner —dijo ella sonriendo—. Vosotros dos, volved dentro.
Los niños soltaron unas risitas traviesas y entraron corriendo en el salón, oscuro y fresco.
Yo seguí a Mary por un recibidor con fotografías enmarcadas en las paredes, mochilas colgadas de unos ganchos y un mueble zapatero de madera demasiado pequeño para las docenas de polvorientos zapatos amontonados.
Entramos en la cocina y no nos sirvió café.
Se la veía incómoda; no dejaba de tocarse las uñas mordisqueadas por los nervios.
—Probablemente sepa por qué estoy aquí —dije.
—Las explosiones —dijo tras echar una mirada a la puerta al oír un batacazo en uno de los dormitorios—. Es aterrador. ¿Ya tienen algún sospechoso?
—Tenemos unas cuantas pistas —dije—. Pero he pensado que quizá usted podría ayudarme a profundizar en ellas. No sé si recuerda lo que me dijo hace dos noches, cuando estuve aquí, en el porche de su casa.
Mary tenía un brazo pegado a las costillas y el otro cruzado sobre el pecho. Abrió la nevera para tener algo que mirar.
—No recuerdo gran cosa, salvo la explosión —dijo—. Estaba mirando por la ventana cuando ocurrió. La vi caer al suelo. ¿Está bien? Quiero decir... —Fijó la vista en mi brazo roto—. ¿Se curará?
—Estoy bien —dije—. Usted me dijo que «al final saldrá todo» y que «el final está cerca».
Mary parecía horrorizada. Kash estaba sentado en un taburete junto al banco de la cocina, bastante cerca de ella, analizando su reacción. Mary cogió una botella de agua de la nevera y la apoyó en la encimera, dándonos la espalda.
—Yo no dije eso —replicó en voz baja.
—Sí, sí que lo hizo.
—Mire, yo estoy sola. —Me echó una mirada dura, como si estuviera a punto de estallar—. Perdí un hijo, y luego a mi marido. A veces digo cosas raras que no tienen por qué tener sentido.
Se hizo un silencio tenso. Oía a los niños cuchicheando fuera de la cocina. Les eché una mirada y se fueron entre risas.
—¿Qué le pasó? —le pregunté.
—Mi marido me dejó. Está en el norte, en Cairns.
—Quiero decir a su hijo. Ha dicho que...
—Brandon murió de sobredosis —respondió mirándome fijamente—. Fue un accidente. Habían estado de fiesta, con la droga que traen los camioneros. Tenía diecisiete años. Era hijo de mi primer matrimonio.
—Lo siento.
—No tengo nada más para ustedes —dijo cerrando la puerta de la nevera con fuerza y haciendo entrechocar las botellas del interior—. Eso es todo. Y ahora tengo cosas que hacer por aquí.
No nos acompañó a la puerta. Por algún motivo, me pareció que el sol caía con más fuerza, con más intensidad.
Tenía la impresión de que yo había alterado algo, como si hubiera levantado una piedra y hubiera aparecido debajo un insecto desconocido, algo peligroso.
Algo que más me hubiera valido dejar en paz.