Doble cara (Harriet Blue 2) 90
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Desde luego, para Regan aquello no había acabado.

Se paró junto al escaparate de la tienda de electrodomésticos y se quedó mirando las imágenes que brillaban en las enormes pantallas planas.

Se pasó una mano por el cráneo afeitado.

Doce hombres con los que quería hablar la policía en relación con el secuestro de Caitlyn McBeal, y posiblemente también con los asesinatos del río Georges.

En la esquina superior derecha de la pantalla vio su propio rostro.

En la foto salía con el rostro enjuto y el pelo enmarañado, y llevaba una barba que se había dejado crecer para parecer más fiero de lo que realmente era, un adolescente de ojos grandes fotografiado para su ingreso en el penal de Long Bay.

Recordó a los agentes del penal que le habían hecho la foto, quince años atrás, lo aterrado que estaba.

Desde allí oía las voces de los otros reclusos, llamándolo, hombres que lo estaban esperando.

El proceso de integración había sido duro.

Años aprendiendo a soportarlo, a vivir el dolor de forma creativa.

Los últimos días, cuando venían a por él, Regan miraba al hombre del espejo en la pared de su celda. Un maestro en el arte del sufrimiento.

El día que salió de la galería que había sido su hogar, Regan sintió cómo se le endurecían los músculos.

Atravesó la zona de administración para recoger sus pertenencias y notó cómo se le alargaban los dedos, convirtiéndose en garras.

Mientras pasaba por las celdas de transición, sintió unas alas negras que le brotaban desde las escápulas.

Y al llegar al aparcamiento, donde lo dejaron, libre para que fuera donde quisiera, sintió que los ojos le ardían y el contacto de unas lágrimas llenas de rabia.

Regan era consciente de que durante todo ese tiempo había ido evolucionando hasta convertirse en lo que era ahora, un monstruo.

El tiempo pasado en prisión había sido un proceso natural de endurecimiento, un período de incubación.

Alguien tan duro como él era producto de un proceso de forjado.

Hubo que arrancarle de dentro todo rastro de bondad, empatía, pasión, debilidad.

Allí de pie, en el aparcamiento, a oscuras, oyendo cómo rompían las olas a lo lejos más allá de la cárcel, cerró los ojos y recordó a Sam Blue.

Todo aquel tiempo que había pasado entre rejas, Regan no se había atrevido a evocar siquiera la imagen del rostro de su amigo.

Tenía miedo de la furia que le provocaría.

De los terribles recuerdos. Recordaba a Sam, y lo único que sabía era que tenía que encontrarlo.

Ahora estaba viendo su propia imagen en la pantalla de aquel televisor. Inevitablemente, el noticiario siguió adelante y ahí estaba él. El bello Sam, con su mirada gacha y sus pómulos hundidos.

Regan apoyó una mano en el escaparate y acercó el cuerpo, con la mirada fija en los minúsculos píxeles que componían el rostro de aquel hombre.

Sam, su alma gemela.