Doble cara (Harriet Blue 2) 89
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Whitt estaba junto a la mesa, al fondo de la sala de control de operaciones, mientras los agentes iban tomando asiento a su alrededor.

Tox estaba sentado a su lado mordisqueando lentamente una galleta de chocolate, que examinaba atentamente entre un bocado y otro.

Whitt tuvo que hacer un gran esfuerzo para no quitársela de las manos de un manotazo.

Tenía los nervios de punta, y Tox no paraba de tirar migas al suelo.

Whitt necesitaba control, perfección, y ahora más que nunca.

Se había informado algo más sobre el pasado supuestamente criminal de Tox, los asesinatos que se decía que había cometido en su infancia.

Su ficha en el registro estaba protegida y no se podía consultar.

Pero había versiones para todos los gustos.

Desde luego, era más fácil apuntarse a la corriente dominante y odiar a Tate «Tox» Barnes que cotejar los hechos.

Whitt tenía claro que no odiaba a Tox. Pero le ponía demasiado nervioso como para poder decir que le gustaba.

—Muy bien, escuchad —dijo el jefe Morris.

Era un hombre mayor, achaparrado, y enseguida consiguió que todos le prestaran atención, incluidos los agentes más jóvenes, que un momento antes estaban charlando y riéndose—.

Vamos a ir rápido para que podáis volver enseguida a la calle.

Estamos recibiendo muchas llamadas de gente que dice haber visto a hombres que encajan con la imagen del retrato robot del secuestrador de McBeal.

Estáis haciendo un buen trabajo respondiendo a todas ellas, pero esperamos poder acotar más la búsqueda con una nueva información que acabamos de recibir.

De pronto, a Tox se le atragantó la galleta. Se dio un golpe en el pecho con el puño. Whitt hizo una mueca de dolor.

—La Científica ha examinado el hotel Pinkerton.

Aunque hemos limitado la investigación al sótano donde tenían secuestrada a Caitlyn, han hallado cientos de huellas, y aún no sabemos cuáles son relevantes.

Va a llevar tiempo afinar la búsqueda. Hemos estado contrastándolas con la base de datos nacional y han empezado a aparecer una serie de personajes interesantes.

Le hemos mostrado sus fotos a Caitlyn, pero no ha identificado a nadie.

Es probable que alguno de esos tipos haya cambiado de aspecto desde la última vez que tuvo contacto con la policía. Algunas de las fotos son muy viejas.

En la pantalla aparecieron seis imágenes.

Todos eran hombres blancos, con ese aspecto fatigado y distante de los reclusos fotografiados para el registro, con gesto hosco y la mirada perdida.

Tres llevaban barba. Uno tenía unas gafas de montura gruesa y roja, y sonreía pese a que le faltaban dientes.

—Miradlos bien —dijo el jefe Morris—. De algunos de estos tipos no tenemos noticias desde hace mucho tiempo.

Toxicómanos, exconvictos. Este de aquí, Regan Banks, está buscado por asesinato desde hace quince años.

Este otro, Malcolm Donovan, también. Todos los demás han cumplido condena.

Robos, atracos, ese tipo de cosas. Pero uno de ellos podría ser nuestro hombre.

Vais a dividiros en equipos, y cada equipo irá a por uno de estos tipos, para que podamos traerlos aquí e interrogarlos.

El jefe Morris apretó una tecla en un ordenador portátil y apareció otra pantalla de hombres con la mirada perdida. Alguien se puso a caminar por entre las mesas, distribuyendo copias impresas de las fotos con las caras.

—Tenemos que pillar a ese tipo antes de que haga más daño. Esto no se ha acabado, chicos —dijo el jefe Morris—. En absoluto.

—Me voy a dar una vuelta —dijo Tox mientras daba cuenta de su segunda galleta—. Tengo que echar un vistazo al piso de Harry. ¿Quieres venir?

—No, me quedo aquí —respondió Whitt frotándose la cara, presionándose las órbitas oculares con los dedos y masajeándose los músculos.

Habían pasado ya veinticuatro horas desde que habían encontrado a Caitlyn McBeal.

No dormía desde hacía treinta y seis, más o menos.

Se habían pasado casi todo el día en coche, de un lado a otro, siguiendo llamadas operativas, entrando y saliendo de edificios en busca de hombres con la cabeza afeitada.

Sentía el latido de las venas en las sienes—.

Voy a intentar echarme un sueñecito en la sala de descanso, para estar aquí por si reciben alguna llamada.

—Vale. —Tox le dio una palmada en el brazo y se quitó el chaleco antibalas. Lo dejó sobre la mesa, al lado de su compañero—. Luego vengo.

Whitt se quedó mirándolo mientras se iba, sin tener muy claro si volvería o no.