Doble cara (Harriet Blue 2) 88
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—Vete —le dije a Kash—. Ponte a cubierto. Yo lo distraeré.

Kash avanzó a gatas hasta la parte trasera de la casa, rodeando los cimientos de ladrillo, y desapareció entre la hierba alta. Digger se me echó encima, deshaciéndose en lametones y ladridos de felicidad.

—¿Qué está haciendo ese animal? —oí que decía Jace con una risa burlona—. Jodido perro...

Rodeé el morro de Digger con las manos. Él gruñó, contento, intentando jugar a morderme el yeso del brazo.

—¿Qué habrá pillado? —preguntó alguien desde el sofá—. ¿Un canguro?

—No sé. Voy a mirar.

Me arrastré en torno a los cimientos, buscando algún lugar donde esconderme.

Si Jace Robit me encontraba ahí abajo, sabría que había oído sus planes de «cambiarlo todo», de abandonar a sus mujeres e hijos.

Un grupo de hombres huyendo tras ejecutar un golpe espectacular, cualquiera que fuera.

Si me encontraba... Me agarré a los ladrillos, intentando contener el pánico.

Levanté la vista. Había un pequeño hueco entre los ladrillos y una de las vigas de madera que cruzaba la casa por debajo.

Tenía la anchura justa para meter el cuerpo y la profundidad suficiente para esconderme.

No sabía si tendría la fuerza necesaria para subirme y sostenerme, encajada en el hueco, pero tenía que intentarlo.

Agarré un puñado de tierra seca del suelo.

—Lo siento, perro —susurré, tirándole la tierra a los ojos. El animal soltó un gañido y se giró hacia un lado. Yo metí el pie en el hueco, junto a los ladrillos, e hice fuerza para levantar el cuerpo.

Digger había quedado cegado y salió corriendo de debajo de la casa, intentando rascarse los ojos con las patas.

El brazo roto, apoyado en la viga de madera, me dolía una barbaridad.

Cerré los ojos y apreté el estómago, pensando en piedra, en cemento, en cosas sólidas.

Debía convertirme en parte de la casa, hacerme invisible.

Oí que Jace Robit bajaba las escaleras del porche, a apenas unos metros.

Sentí algo caminándome por el costado, algo grande.

Esperaba que fuera una langosta. O como mucho una araña de la madera, esos bichos enormes, peludos pero inofensivos.

Recé en silencio para que no fuera una viuda negra.

Sus patas, finas como agujas, iban trepando lentamente por mi axila, hasta llegar al hombro.

—¿A ti qué te pasa? ¡Chucho estúpido!

Los pies de Robit aparecieron junto al perro.

Se agachó y yo pegué la cabeza a los tablones de madera.

Las piernas me empezaban a temblar. Iba apoyando el peso en una y otra pierna, alternativamente, empujando con fuerza los brazos contra las paredes de mi pequeño escondrijo.

Oía la respiración de Jace. Sabía que estaba observando la tierra unos centímetros por debajo de mí.

El bicho que tenía encima me pasó sobre la oreja y la sien.

Cerré los ojos con fuerza para no verlo pasar por encima de mi nariz.

Apenas podía contener las ganas de chillar, de soltar aire, de gritar, de por fin relajarme, de caer. «Ríndete, Harry. No puedes hacerlo».

Oí el crujido de las botas de cuero de Jace al ponerse en pie.

—Sal de aquí, idiota —dijo, dándole una patada al perro, que salió de allí trotando.

Jace cogió aire y escupió antes de subir las escaleras para volver a entrar en la casa. Me dejé caer al suelo y me quité la araña del pelo con un manotazo, alejándola. Era una enorme viuda negra. Salió rodando por la tierra, agitando sus patas de un negro brillante, se enderezó y se alejó.