Doble cara (Harriet Blue 2) 87
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La hierba me llegaba a la cintura. Resoplé por el esfuerzo que me costaba solo seguir a mi compañero.

Aunque las heridas causadas por la explosión no habían sido graves, me pesaban bastante.

Atravesamos el campo y paramos poco antes de llegar a una ventana.

Kash miró bajo la casa, se tiró al suelo y se puso a reptar por debajo.

No me resultó fácil arrastrarme por el suelo con un brazo roto, pero lo seguí, sintiendo que el polvo se me pegaba a las mejillas sudadas.

Los tablones del suelo crujían un metro por encima de nuestras cabezas.

Me puse de lado y me tendí en el suelo, observando el rostro de mi socio, que tenía las gafas empañadas por la condensación.

—No vamos a tener que preocuparnos mucho más —dijo uno de ellos—. Conseguimos lo que podamos en un par de días y luego nos largamos.

—Tu mujer va a ser la que nos dé problemas, Johnno —dijo otro—. ¿Tiene alguna idea de lo que estamos haciendo?

—Qué va, colega, ni hablar. No tiene ni idea. Pero si alguno de vosotros la toca, me lo cargo.

—Hazle caso —dijo otro. Por la voz, parecía Jace—. Déjala en paz. No queremos llamar la atención hasta que lo tengamos todo listo. Cuando esté hecho, ponemos tierra de por medio.

Kash y yo nos quedamos inmóviles, con la mirada fija en el suelo, escuchando los microsonidos que nos llegaban a través de los tablones.

Alguien quitando la chapa a una botella de cerveza, el silbido del aire comprimido saliendo de la botella.

Alguien estaba justo encima de nosotros, lo que hizo que nos cayera polvo sobre el cabello.

—Supongo que esto os sonará raro —dijo alguien—. Pero ¿alguna vez os habéis planteado quedaros una vez que acabe todo?

—¿Quedarnos? ¿Aquí? Colega, ¿estás tonto? Este lugar es una puta letrina. Estamos hablando de cambiarlo todo. ¿Por qué cojones querrías quedarte?

—Supongo que en el fondo echaré de menos a los críos, ya sabes.

Se hizo el silencio. Los hombres se movieron, abrieron y cerraron puertas. Había una carrera ecuestre en la tele, o quizá en la radio. Al menos dos de ellos se pusieron a animar a los caballos. Gruñidos de alegría o de pena, no podría decirlo, cuando acabó la carrera.

—Entonces, ¿a qué hora queréis salir esta noche? —dijo alguien.

—A la de siempre —respondió Jace Robit—. Salimos de aquí a las ocho.

Kash y yo nos miramos. Vi movimiento en la calle y me giré ligeramente, frunciendo los párpados para protegerme de la luz.

—Oh, mierda.

—¿Qué?

—Digger. El perro del pueblo. Mira. El chucho trotaba por la calle, solo, con la lengua colgándole entre las fauces.

No tenía ni idea de adónde iba, ni de dónde venía.

Sabía que si había algo que atraía a los perros, además de la comida, era una persona tirada en el suelo.

Si nos veía, nuestro índice de riesgo se multiplicaría exponencialmente.

Cerré los ojos y apreté los párpados.

—Oh, Dios, que no mire hacia aquí —murmuré. Oí que los tablones crujían sobre mi cabeza—. No te muevas. No lo mires. Quizá no nos vea.

Como no podía ser de otro modo, justo en el momento en que miré hacia allí vi a Digger mirando hacia el espacio oscuro bajo la casa. El perro se frenó de golpe, levantó la cabeza y olisqueó el aire. Casi tuve la impresión de que sonreía cuando echó a trotar hacia nosotros.

—¡Mierda! —exclamó Kash entre dientes. Se puso a cuatro patas, sin saber muy bien qué hacer—. ¡Maldito chucho!

El perro corría hacia nosotros, ladrando de felicidad. Oí que los hombres se movían por encima de nosotros y que se dirigían a la puerta principal para ver qué pasaba.