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Kash miraba con los binoculares en dirección a la casa de Jace Robit, ajustando el enfoque lentamente con un clic-clic a medida que giraba la ruedecita con los dedos.
Llevaba mucho equipo de alta tecnología en su camioneta.
Un poco por encima del parabrisas, pegado al techo del coche, tenía un micrófono parabólico que apuntaba hacia la casa en la llanura.
De vez en cuando nos llegaban voces de dentro y ruidos de objetos moviéndose.
Los tres amigos de Robit estaban ahí dentro con él: Frank Scullen, John Stieg y Damien Ponch.
En momentos de tensión, los delincuentes tienden a juntarse, lo cual no es muy inteligente por su parte.
Los traficantes de drogas suelen organizar reuniones.
Los atracadores de bancos quedan a última hora de la noche.
Los jóvenes fiesteros que han perdido el control una noche y han atacado a una chica se citan para unificar sus versiones.
Kash estaba reconociendo el terreno y hablando entre dientes, como si no pudiera evitarlo, tomando nota de las distancias y de la dirección del viento.
—Cuatro confirmados en el interior —murmuró—. No se ve a nadie en el exterior.
—Vale, general Patton —dije, y luego le di una palmada en el pecho—. Dime qué está pasando.
—Esta es mi teoría. El oro que encontramos en casa del jefe Campbell pertenecía a esos tipos —dijo Kash.
—¿Qué te hace sospechar eso?
—Piénsalo. El jefe Campbell tiene ochenta mil dólares en oro guardados en casa, y su mujer no tiene ni idea.
No aparece registrado como prueba en comisaría.
Los primeros a los que señala como sospechosos Olivia Campbell son estos tipos.
Tenía la sensación de que eran una amenaza para su marido.
Le preguntó en qué estaba metido, y él le dijo que en un caso de drogas.
Bueno, sabemos que eso no es cierto. No hay nada en el registro de la comisaría sobre un golpe contra la droga. Snale no sabía nada al respecto.
—Vale, te sigo.
—Yo creo que esos tipos consiguieron ese oro en algún sitio ilegalmente.
Creo que Theo Campbell los pilló y tomó cartas en el asunto.
Sabemos, por lo que dijo Bella Destro, que el jefe Campbell no siempre se atenía a las normas.
Quizá fuera en un control de carretera o quizá se comportaban raro y se le ocurrió ver si llevaban droga.
No lo sé. Pero de algún modo los descubrió con el oro y decidió quitárselo.
—Hmm.
—De modo que esos tipos tenían un problema.
Necesitaban librarse de Theo Campbell. Pero solo hay setenta y cinco personas en el pueblo, y ellos no son precisamente unos angelitos, así que probablemente serían los principales sospechosos.
¿Cómo se libran de Campbell y a la vez controlan las circunstancias de la investigación?
—¿Controlar las circunstancias?
—Es vocabulario de táctica militar. —Meneó la cabeza—. Lo siento. En situaciones hostiles, trazas un plan para controlar cómo piensa y reacciona el enemigo, le lanzas cebos, le haces llegar información falsa.
—Crearon el diario. Lo usaron como cebo para asegurarse de que lo relacionábamos con la explosión en la colina. Nos han dado las respuestas antes de que empezáramos a hacernos preguntas. Estábamos buscando a un adolescente cabreado.
—Exacto —dijo él—. Estábamos completamente distraídos, buscando a un aspirante a asesino en serie. A algún lobo solitario. Nos han puesto a Zac Taby ante las narices.
—Entonces, ¿por qué matarlo? Era un sospechoso perfecto.
—A lo mejor no iban a por Taby. —Se encogió de hombros—.
Cualquiera de nosotros podría haberse subido a ese coche.
A lo mejor no pensaban siquiera que nos subiríamos al coche.
Zac lo hizo de noche, estaba oscuro. De día, alguien habría mirado dentro y habría visto esas bombonas de gas en el asiento trasero.
Es posible que solo intentaran asustarnos, para que nos fuéramos del pueblo.
—Ochenta mil dólares es mucho dinero. Pero no tanto dividido entre cuatro tipos. Y si el objetivo era recuperar sus pepitas, ¿por qué no fueron a por ellas, sin más?
—A lo mejor lo que encontramos en casa de Campbell no es más que la punta del iceberg —sugirió Kash—. A lo mejor hay oro suficiente como para que los cuatro puedan empezar de cero. Y Theo Campbell amenazaba con destruir todos sus planes de grandeza.
Me quedé mirando la casa que teníamos delante. Una chabola de fibrocemento en un agujero en medio de la nada. Imaginaba la tentación que sería para gente como esa, que se ganaba la vida obteniendo lo que podían de la dura tierra con mucho esfuerzo.
Zac Taby quería huir. ¿Sentirían también esos hombres la llamada de lo lejano?
—¿Recuerdas cómo estaba empaquetado el oro? —dijo Kash—. Envuelto en plástico negro. Fijado con cinta adhesiva. ¿Por qué iba a envolverlo alguien así? Para guardarlo, camuflarlo y enviarlo.
Erguí la espalda y cogí las hojas de los antecedentes penales que habíamos impreso esa mañana.
Jace Robit. Violencia doméstica. Robo. Posesión de estupefacientes.
Frank Scullen. Agresión con lesiones. Robo.
John Stieg y Damien Ponch tenían antecedentes por fraude. También había denuncias de violencia doméstica por parte de sus esposas.
Kash tenía razón. Esos hombres no eran los ciudadanos más notables del pueblo. Tenían todos los motivos posibles para querer huir de aquella vida y la determinación necesaria para hacerlo de forma ilegítima.
—Entonces, ¿qué crees que harán? Ya han matado a dos personas. Creen que nos han despistado y que la investigación va por un cauce equivocado. ¿Se van a limitar a marcharse sin hacer ruido?
—No lo sé —dijo Kash—. Me preocupa que hayan arrancado la página del plan de la masacre. A lo mejor han pensado que era demasiado. Pero quizá... Quizá intenten marcharse con un gran petardazo —añadió—. Una pantalla de humo para escabullirse entre el caos.
El micrófono crepitó.
—¡Eso espero, joder! —gritó alguien—. Espero que sufriera a lo grande, ese mierdecilla... Te digo una cosa: este lugar estaría mucho mejor si desapareciera una cuarta parte de... sus habitantes. Setenta y cinco ya eran... demasiados. Ahora son setenta y tres. Nos vamos acercando.
El micrófono emitió un ruido de energía estática y luego se silenció. Le di un golpecito al altavoz que teníamos en el salpicadero, entre los dos.
—Este aparato es una mierda —dije—. Tenemos que acercarnos más.
—Ya he hecho un estudio de valoración de riesgo —respondió Kash—. Esta es nuestra base de observación más efectiva. Podemos hacer otra comprobación en cuarenta y siete minutos, quizá, si cambia el viento.
Escuché el razonamiento de Kash en silencio, pero luego abrí la puerta del coche y salí. Para cuando llegué al límite de la propiedad, ya tenía a Kash en los talones, agazapado entre los setos.
Mi presencia agitó a un puñado de langostas, que salieron saltando a mi alrededor. Al momento sentí el sol ardiente sobre la piel del rostro, ya quemada. Me protegí con la mano y me arrastré hasta la alambrada, donde había un montón de tambores de freno oxidados.
—Procura que no nos maten, Harry —murmuró Kash, situándose detrás de mí—. Esto es propiedad de Jace. Si nos dispara, tendremos tres testigos que le dirán a la poli que ha sido en defensa propia.
—¿Y si yo los mato, qué vas a decir tú?
Puso los ojos en blanco, se situó delante y me indicó con la mano que esperara. Sus tácticas de combate nos servirían para llegar al lateral de la casa sin que nos vieran. Me agarré a la parte trasera de su cinturón, sudando, esperando que se moviera.
Señaló hacia delante y echamos a correr hacia la casa.