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Llamamos a Dez y le pedimos que hiciera correr la voz de que la gente no debía congregarse en grupos numerosos. Snale nos dejó para ir a ver a los padres de Zac Taby acompañada de un par de asesores que habían venido en helicóptero desde White Cliffs.
Sentada en el asiento del acompañante del coche de Kash, me puse a borrar los numerosos mensajes de texto que tenía de periodistas, algunos sobre las muertes de Last Chance Valley, pero la mayoría sobre Sam.
Eché un vistazo al retrato robot del hombre que Caitlyn McBeal iba diciendo al mundo que era el cómplice de mi hermano.
Yo no lo conocía. Habría deseado más que nada en el mundo reconocerlo mínimamente.
Pasé los ojos por su larga nariz recta y sus ojos oscuros, por el contorno de su cabeza afeitada.
Sabía que, al igual que la mayoría de retratos robot, sería una versión más limpia, y algo más vaga, de la imagen real de aquel hombre.
Pero no activaba ningún resorte en mi cerebro. Ni el más mínimo.
Miré el reloj. En cuatro minutos, Sam tendría acceso a los teléfonos de la cárcel. Kash se estaba acercando al coche. Yo tenía el dedo situado sobre el botón de respuesta.
—Mi hermano me llamará en un minuto.
—Vale. ¿Quieres...?
—No, no pasa nada. Pongámonos en marcha.
El teléfono sonó. Kash se sentó, aparentemente incómodo, y arrancó el coche.
—Hola Sammy —dije.
—«Esta es una llamada a cobro revertido del Centro de Detención Preventiva Silverwater, integrado en el Complejo Penitenciario Silverwater. Si desea aceptar la llamada, pulse uno».
—Joder. Siempre se me olvida lo del mensaje automático —dije con un suspiro. Kash esbozó una sonrisa forzada.
—¿Harry? —Era Sam.
—Hey —dije sonriendo a pesar del peso que llevaba en el corazón—. ¿Estás bien?
—La verdad es que estoy algo confundido —respondió—. Cuando dijeron que tenían un retrato robot de ese tipo me esperaba que fuera alguien que conocía. Bueno, tendría que serlo, ¿no? Ya estaba preparado para explotar de rabia contra él. Pero ese tipo... no lo conozco de nada. ¿Y tú?
—No —dije yo—. No lo he visto en mi vida.
—Esto es increíble. —Sam parecía asustado, y yo también. Oía el eco de mi voz medio segundo más tarde, procedente del aparato que usaban en la prisión para grabarnos—. Si lo atrapan, quizá se acabe todo.
—Whitt y Tox están en ello —dije—. Voy a ver si acabo aquí, y enseguida me pongo con ellos.
—Yo preferiría que no vinieras —dijo él—. Harry, entró en mi apartamento. Puede meterse en el tuyo. Lo que les hizo a esas mujeres... Es un animal. Es listo y salvaje.
—Yo también puedo ser salvaje, ya lo sabes.
Kash sonrió a mi lado.
—Ya lo sé, pero es que no quiero tener otro tema del que preocuparme. Si sé que estás ahí, en el desierto, al menos puedo fingir que estás a salvo.
Sam siempre era así cuando éramos críos, protector, aprensivo.
Cuando estábamos en casas diferentes, a veces se escapaba de la suya para venir a verme, aunque tuviera que tomar un tren de una punta a otra del estado.
Solo para verme con sus propios ojos y confirmar que estaba bien.
Sentía una enorme necesidad de estar en casa con él, de ponerme a buscar al hombre representado en aquel retrato robot.
Le dije a Sam que íbamos a atraparlo. De un modo o de otro. Me gastaría hasta el último dólar. Si hacía falta sacrificaría mi trabajo, mi vida, mi libertad.
Le envié un mensaje de texto a Tox Barnes. El germen de una idea había crecido en mi mente.
«Algo que podemos probar —escribí—. Quizá ir a mi apartamento y encender las luces o el televisor. Si se coló en casa de Sam, quizá quiera colarse en la mía. Vale la pena probarlo».
Tox no respondió, raramente lo hacía. Pero sabía que le parecería una buena trampa. Quienquiera que fuera ese hombre, estaba obsesionado con mi hermano. Y ahora que Sam estaba fuera de circulación, quizá pudiera atraerlo hacia mí.