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—¿Y eso cómo lo sabes? —dijo Snale quitándome el diario de las manos, examinándolo y frunciendo el ceño.
—Las grapas están torcidas. Alguien las ha enderezado para sacar la doble página central sin romper el papel.
Luego han vuelto a aplastar las grapas, pero no han quedado planas del todo.
—Le cogí el libro de las manos—. Mira aquí.
Se ve una marca cuadrada en la página siguiente.
En la página anterior no está. Al escribir la página que falta han quedado marcas grabadas en esta.
Snale se apartó con un gesto de concentración en el rostro. Se puso a abrir cajones y a rebuscar dentro. Encontró un lápiz y una hoja de papel en blanco y volvió a la mesa del comedor. Puso plano el diario, apoyó la hoja encima y pasó el lápiz suavemente por encima, de lado.
—¿No deberíamos esperar a la Científica? —preguntó Kash—. ¿Pedirles un escáner?
—No tenemos tiempo —dije—. Esto podría decirnos qué es lo que sucederá. Si lo han retirado con tanto cuidado, será por algo.
Tenía el corazón desbocado. Ver cómo sombreaba Snale cada milímetro de la superficie del papel era una agonía.
Iba experimentando, con una presión más suave o más intensa, intentando encontrar el mejor modo de revelar las figuras de debajo.
Líneas, cuadrados, flechas y etiquetas. Ante nosotros apareció un mapa.
Dos calles con sus respectivas manzanas, algunas más largas, otras más cortas, tan separadas entre sí como anchas eran.
—Es la calle principal del pueblo —dije—. Es Last Chance Valley.