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Kash estaba en el salón leyendo el diario, que tenía abierto sobre la mesa frente a él.
En la página de la izquierda había un boceto de un cuerpo preparado para la masacre, un monigote sin rostro cargado de pistolas y cuchillos.
Recordaba los dibujos que habían hecho Dylan Klebold y Eric Harris en sus diarios mientras planeaban su ataque.
Habían imaginado arneses en los que pudieran llevar bombas caseras, fundas en las que llevar los cuchillos para el combate cuerpo a cuerpo en caso de que se quedaran sin munición.
El autor del diario había copiado fragmentos del diario de Eric: «No debo dejar que me frenen mis propios sentimientos de compasión, de lástima. Quiero arrasar el mundo».
En realidad, los chicos se habían cansado a mitad de la matanza y no habían llegado a usar todas las armas que llevaban encima.
Lo mismo había pasado con Seung-Hui Cho, el asesino del Virginia Tech.
Daba la impresión de que la rabia se les había consumido mucho más rápido que la munición.
En ambos casos era todo cuestión de sobreexcitación, imaginándose el terror que les causarían a sus víctimas.
Quizá fuera ese el motivo de que el asesino hubiera dejado aquella nota para Zac en el volante, avisándole de que iba a morir. De no ser así, ¿por qué no limitarse a activar la bomba en el momento en que cambiaba de posición? ¿Por qué concederle una oportunidad? ¿Por qué darle tiempo para escapar?
Para que pudiera pensar en ello.
Para que supiera que se avecinaba la muerte y para que tuviera miedo.
—¡Ay! —exclamó Kash, llevándose un dedo a la boca.
—¿Qué pasa?
—Me he rascado con la grapa —dijo chupándose el minúsculo corte para luego ponerlo a la luz y examinarlo.
Me acerqué y me senté a su lado. Efectivamente, el libro tenía dos grapas en el centro para sujetar las páginas. El brazo inferior de una de las grapas estaba torcido, ligeramente levantado, lo que suponía un peligro para cualquiera que pasara la mano por encima.
Presioné la grapa, aplanándola, y volvió a levantarse.
De pronto tuve una sensación extraña, una especie de corriente eléctrica que hizo que todas mis heridas cobraran vida de golpe, que se me endurecieran los músculos. Levanté el libro y lo examiné a la luz del salón, inclinándolo.
—¡Oh, Dios mío! —susurré—. Falta una página.