Doble cara (Harriet Blue 2) 79
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Me dirigí al baño con la mente en blanco y me quité unas cuantas capas de piel muerta de los antebrazos y el cuello.

Cuando me miré al espejo, vi el rostro quemado, con la piel levantada en la sien.

Debí de girarme en el último segundo y seguro que levanté las manos para protegerme de la explosión.

Los tejidos blandos de debajo de mis antebrazos se habían llevado la peor parte.

El borde del yeso me rozaba la piel quemada, irritándola aún más.

Levanté el brazo para esquivar el chorro de agua fresca y cerré los ojos, pasándome la mano por el cabello chamuscado. Al cerrar los ojos veía la silueta del cuerpo de Zac, destrozado en el asiento delantero, envuelto en llamas que se extendían por encima del techo del coche.

Noté un roce en la pierna y solté un chillido. El cerdo había conseguido abrir la puerta del baño y estaba metiendo el hocico en la ducha.

—¡Vicky! ¡Vicky, ayuda! ¡Oh, Dios! —grité intentando apartar a la bestia a empujones. Pero pesaba media tonelada. Snale entró en el baño a la carrera, horrorizada, intentando taparse los ojos para no verme desnuda.

—¡Oh, vaya, lo siento! —A pesar de todo, casi se nos escapaba la risa—. Le gusta beberse el agua de la ducha. Yo creo que es el jabón. Sabe diferente. Por Dios, lo siento... ¡Jerry! ¡Jerry! ¡Ven aquí, idiota!

El cerdo estaba gruñendo y olisqueando los pocos centímetros de agua acumulada a los pies de la ducha. Al final Snale se rindió y dejó de intentar apartar al animal. Salí de la ducha y me pasó una toalla.

—Estoy viendo noticias sobre Sam en la tele —dijo—. Esa chica que han encontrado... Caitlyn. Alguien ha conseguido filmarla mientras la metían en una ambulancia. Tenía un aspecto horrible.

—¿No dicen nada de nosotros? —pregunté—. ¿De la bomba? ¿De Zac?

—No, nada. No somos importantes.

Se sentó en el váter mientras yo me envolvía el cuerpo con la toalla, agotada.

—La chica... —Snale se aclaró la garganta—. Dice...

—Ya sé lo que dice, pero no es cierto.

Snale cambió de posición, incómoda.

—¿Existe algo que pudiera hacerte creer que sí lo es? —me preguntó.

Cogí un peine del borde del lavabo y me lo pasé por el cabello, mirando el reflejo de mis ojos en el espejo. Los ojos de Sam.

—No —respondí.