Doble cara (Harriet Blue 2) 78
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Una carpa blanca ocultaba la humeante carcasa del todoterreno de Snale de los ojos de los transeúntes.

Cuando paramos a un lado de la carretera, vi los flashes de los agentes de la Científica y sus fantasmagóricas siluetas, con aquellos trajes protectores.

Todas las ventanas delanteras de la casa de Snale habían estallado.

El cristal crujía bajo mis pies al acercarme a la puerta de entrada.

Una vez más, la gente del pueblo pasaba en sus coches, disminuyendo la velocidad, pegando el rostro a las ventanillas.

Otros formaban grupitos a una distancia prudencial, unos metros más allá, para curiosear y murmurar, algunos aún vestidos con sus pijamas.

Cuando entré en la casa me encontré a un agente con bigote hablando con Snale. El tipo me miró raro al verme entrar. Snale se giró y vino hacia mí.

—Oh, Harry —exclamó, envolviéndome en un doloroso abrazo y me acarició el cabello.

Por sus ojos estaba claro que había llorado.

Me examinó de arriba abajo: el yeso, el rostro, la ropa que llevaba en el momento de la explosión, hecha jirones y que aún apestaba a humo—.

No puedo creerme que ya estés aquí. ¿Te han dado el alta?

—La bomba —dije haciendo caso omiso a sus desvelos y dirigiéndome al agente de la Científica—. ¿Hay algún rastro? ¿Algo que nos sirva?

—Nada biológico —dijo—. Todo quedó calcinado. Esas explosiones con bombonas crean una combustión rápida y a altísima temperatura. Ahora nuestra principal preocupación es recuperar todo lo que podamos de los restos del muchacho, para sus padres.

Se me encogió el estómago. Debí de hacer una mueca, porque Snale levantó la mano y siguió acariciándome el cabello.

—¿Has hablado con ellos, con los padres de Zac? —le pregunté a ella—. ¿Qué han dicho? ¿Están bien? Deberíamos proporcionarles atención psicológica. Poner una alerta antisuicidio, quizá. Estarán frágiles. Podrían...

—Date un respiro, Harriet —dijo ella—. Pareces una muerta viviente. Y hueles aún peor. Concédete quince minutos de pausa, y luego ya volveremos al tema.