Doble cara (Harriet Blue 2) 77
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La habitación estaba llena de gente. Caitlyn estaba tendida en la cama, recostada sobre unas almohadas, hablando en voz baja con un especialista en retratos robot sentado a su lado, que le iba pasando páginas con dibujos de cejas para crear el identikit del captor de Caitlyn.

La madre de Caitlyn estaba sentada en una silla al otro lado de la cama, llorando en silencio y hablando por teléfono.

A Whitt le pareció entender que la señora McBeal había llegado una semana antes para presionar al equipo de investigación.

—Yo tampoco me lo puedo creer —estaba diciendo—. No. No. No me lo puedo creer. He intentado decírselo. He intentado decírselo desde el principio.

—Caitlyn, soy el inspector Edward Whittacker —dijo Whitt, colándose entre los dos hombres que montaban guardia en la puerta, agentes o asesores, o quizá familiares, no lo sabía—. Yo... esto... formo parte del equipo que te ha encontrado.

—¿Es el compañero del agente Barnes? —dijo Caitlyn mirándolo con ojos fatigados.

—Sí.

—Venga aquí —dijo dando una palmadita sobre la cama, a su lado.

Whitt rodeó la cama, abriéndose paso entre la gente, y se sentó al borde del colchón, junto a la joven.

Aquella muchacha tenía una resistencia increíble.

Paseando la mirada por la habitación, Whitt observó que más de la mitad de los presentes estaban llorando.

Aunque Caitlyn parecía exhausta, en su interior parecía arder una llama que le iluminaba los ojos.

Estaba siendo fuerte por los demás, por su familia y sus amigos, por los que la habían estado buscando, que necesitaban saber que estaba bien.

—Sé que ya has respondido a un montón de preguntas —dijo Whitt—, pero necesito saber lo que me puedas contar sobre la conexión de tu secuestrador con Sam Blue. ¿Te dijo algo sobre Sam? ¿Alguna vez pronunció su nombre?

—Al enterarse de su detención se quedó muy sorprendido, y se puso furioso —dijo Caitlyn—. Lo vimos en la televisión, juntos, la primera noche. Dijo que aquello aún no se había acabado.

—Pero ¿se refería a los dos? —dijo Whitt tragando saliva. Tenía la lengua seca como el esparto—. ¿Fueron esas sus palabras exactas?

Caitlyn alargó la mano y agarró la de Whitt. Tenía los dedos fríos y duros, ásperos tras los meses pasados en aquella celda de cemento, agonizando lentamente en la oscuridad.

—Dijo que lo necesitaba. Mire, no me tocó ni un pelo —dijo Caitlyn—. Ni una vez. Ni siquiera me hablaba. Se limitó a retenerme. No sabía qué hacer. Su socio, Sam, había desaparecido, y sin él no sabía qué hacer.

Whitt intentó respirar. Sentía la garganta rígida.

—Durante mi cautiverio he visto muchas noticias de Sam Blue —prosiguió Caitlyn—.

La tele era mi única compañía. Lo vi entrando en el juzgado.

Vi grabaciones de su declaración. Lo miré a los ojos.

Los tenía muertos, igual que el hombre que me secuestró.

Era como si algo en su interior se hubiera marchitado y solo quedara el vacío.

Whitt sintió un escalofrío.

—Ellos mataron a esas chicas, inspector —dijo Caitlyn—. Ese hombre y Sam Blue. Son el mismo tipo de monstruo.