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Whitt y Tox estaban uno junto al otro, apoyados en la pared, frente a la habitación de Caitlyn McBeal.
Unos metros más allá había un grupo de agentes, gente de Delitos Sexuales y de Delitos Graves, y algunos especialistas en traumas que Whitt reconoció de la comisaría de Parramatta.
Más allá, en el puesto de control de enfermería, ya se había congregado un grupito de periodistas que discutían con los tres polis que les cortaban el paso.
«Una fotografía de Caitlyn McBeal en su estado actual se habría pagado muy bien», pensó Whitt.
Seguro que aparecería en primera página.
En los cuatro meses y pico que había estado cautiva, Caitlyn había perdido al menos diez kilos y también la mitad del cabello.
La chica que Tox había llevado hasta la ambulancia, frente al abandonado hotel Pinkerton, tenía el aspecto de una paciente de cáncer, con los ojos hundidos, los dientes amarillentos y el cuello y los brazos cubiertos de llagas.
Tenía los labios secos y agrietados, con manchas de sangre.
Tox le había contado que la había encontrado en el callejón junto al hotel, intentando desesperadamente arrastrarse hasta la calle.
El esfuerzo realizado para huir de su captor la había dejado tan agotada que estaba a punto de perder la conciencia.
Los médicos decían que, de no ser por Ronnie Hipwell, el pobre sintecho que había dado por casualidad con su mazmorra improvisada y había propiciado su huida, probablemente no habría vivido más que unos días.
Era a la vez un milagro y una tragedia que Hipwell se hubiera aventurado en aquel sótano después de que la lluvia hubiera inundado la planta baja, apartando los trastos amontonados que ocultaban la puerta que llevaba al sótano. Caitlyn estaba libre y Hipwell muerto.
El inspector Nigel Spader salió de la habitación y cerró la puerta tras él, echándole una mirada de desconfianza a Tox mientras se metía el cuaderno en el bolsillo de atrás.
—Cinco minutos más —dijo.
—Eso es lo que dijo hace una hora —respondió Tox.
—Sí. A lo mejor sí. ¿Y qué vas a hacer al respecto?
—Voy a entrar ahí dentro —dijo Tox dando un paso adelante y señalando la puerta ante la que montaba guardia un agente—. Y si intenta pararme, acabará en urgencias.
—Tienes suerte de que te deje acceder a la testigo, Barnes —le espetó Nigel—. No estás en el equipo encargado del caso. Ninguno de los dos. Y puedo negaros el acceso si quiero.
Era la primera vez que Whitt veía a Tox a punto de perder el control.
—Deje que le diga un par de cosas —dijo Tox, antes de señalar a Whitt con el pulgar—. Solo con lo que tenemos nosotros dos, bastaría para pedir la nulidad del juicio y la libertad bajo fianza, y eso como poco.
—Y una mierda.
—Hemos rastreado el origen de la cámara del apartamento de Sam Blue, que procede de una tienda de empeños de Bondi —dijo Tox empezando a contar con los dedos—.
Y tenemos un vídeo del hombre que compró la cámara, que los analistas de imagen digital dicen que es demasiado alto para ser Blue.
Usted mismo reconoció que sus hombres forzaron a Blue para sacarle una confesión.
Hemos encontrado el móvil de Caitlyn McBeal en el escenario del delito reconocido por su equipo, así que diez gallitos van a quedar a la altura del betún cuando la prensa empiece a airear todo el asunto.
Más vale que se aparte y se dedique al control de daños, y que nos deje a Caitlyn McBeal a nosotros.
El grandullón prácticamente había conseguido acorralar al inspector contra la pared, pero Nigel se lo quitó de delante dándole un empujón en el pecho.
—¡Quita de ahí, asesino!
—No hace falta ponerse tan hostiles —dijo Whitt situándose entre los dos—.
Estamos cooperando con usted, inspector Spader.
Le informamos del posible paradero de Caitlyn en cuanto lo supimos, para que sus agentes pudieran estar ahí si aparecía.
Eso fue un gesto de buena voluntad. Ahora devuélvanos el favor y concédanos un rato con Caitlyn.
—No sé si le convienen tantos interrogatorios ahora mismo —dijo Nigel sin apartar la vista de Tox—. Está muy frágil.
—¿Sabe qué más es frágil? —dijo Tox—. Su cuello.
Tox y el inspector, mucho más bajo, se miraron fijamente a los ojos. La puerta de la habitación de Caitlyn se abrió y salió otro agente. Whitt aprovechó la ocasión para colarse por la rendija antes de que se cerrara la puerta.