Doble cara (Harriet Blue 2) 75
56%

75

Kash estaba de pie junto a un coche patrulla que nos habían dejado en White Cliffs para volver a casa. Estaba apoyado en la puerta del conductor, hablando al teléfono en voz baja. Al verme, irguió el cuerpo.

—Ha llegado mi compañera —dijo al teléfono—. Tengo que irme. Yo también te quiero.

—Así que yo también te quiero, ¿eh? —dije yo.

—La fuerza de la costumbre —respondió mientras me veía acercarme—. Pero es la primera vez en mucho tiempo que no nos hemos levantado la voz. Supongo que las enfermeras no te han firmado el alta.

—Pues no —dije—. Así que dejémonos de cháchara y vámonos de aquí.

El coche patrulla avanzaba por el asfalto entre un mar de arena informe y oscuro.

El sol empezaba a asomar por el horizonte.

Miré el teléfono. Tenía un mensaje de texto de mi madre diciéndome que había recibido el dinero que le había enviado.

No hacía mención a su decepción por el hecho de que no fuera en efectivo.

Mientras leía el mensaje, me entró una llamada.

No reconocí el número. Respondí con dedos temblorosos.

—¿Sí?

—Soy Tox.

—Vaya —respondí. Tox era de esos que cuesta encontrar al teléfono, y conversar con él era aún más difícil. Sus escasas habilidades sociales parecían disminuir aún más con la distancia. Se me encogió el estómago—. ¿Qué ha pasado?

—Hemos encontrado a Caitlyn McBeal.

Me quedé en blanco, y miré a Kash, atónita, para ver si había oído la noticia. Sentía un cosquilleo por toda la piel del cuerpo, y no era solo por las quemaduras.

—¿Está...?

—Está viva.

—Dios. —De pronto erguí la espalda en el asiento—. ¡Dios! ¿Y qué os ha contado?

—No te emociones mucho. No cuenta demasiado, y lo que dice no suena muy bien para tus intereses. Dice que un tipo la ha tenido encerrada en un sótano los últimos meses. Prácticamente la ha dejado morir de hambre. Ella cree que está relacionado con Sam. Que quizá sea su socio.

—¿Qué quieres decir con eso de que lo cree?

—Quiero decir que es lo que ella cree.

—¡Por Dios, Tox! ¡Explícate! —Intenté no gritar. Todas las fibras de mi cuerpo me pedían hacerlo—. ¿Qué es lo que ha dicho exactamente?

—Dice que el hombre no la ha tocado en todo este tiempo —respondió él con un gruñido—.

No la ha violado. No la ha torturado. De hecho, apenas la miraba.

Parecía estar en modo de espera, casi como si no supiera qué hacer con ella.

Caitlyn cree que es por la detención de Sam.

Cree que actuaban juntos, y que una vez detenido Sam, el tipo que la tenía encerrada había perdido interés en ella.

Me estremecí. Los fármacos seguían en mi organismo y no me dejaban pensar con claridad. Una vez más sentí esa atracción magnética hacia mi casa. Tenía que volver, iría a hablar con Caitlyn y la convencería de que estaba equivocada. Tres días. Iría a verla al hospital y la miraría a los ojos.

—No tengo tiempo de contártelo todo con detalle —dijo Tox—. Estamos frente a la habitación del hospital donde está ingresada Caitlyn, a la espera de entrar. El inspector Nigel Capullo nos va a conceder quince minutos con ella.

—¿Quién es el hombre? —dije agarrando el teléfono con fuerza—. ¿El que secuestró a Caitlyn? ¿Lo habéis pillado?

—No, se ha escabullido. Verás el retrato robot en las noticias en un par de horas, supongo.

—Pero...

Se cortó la comunicación.

—¡Mierda! —grité, con ganas, mirando la pantalla del teléfono, el número de Tox y el mensaje de «Llamada finalizada». Me había colgado—. ¡Mierda! ¡mierda!