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—Habla con Tenacity —dije alargando el brazo y agarrándole la mano—. Llámala.
Nos quedamos mirando la pantalla mientras la concursante se debatía, intentando decidir si valía la pena arriesgar los cien mil por lo que hubiera dentro de la última maleta.
Se estiraba el cuello, se agarraba de las orejas, daba la impresión de que el peso de la decisión la hundía hacia abajo, físicamente.
Escogió la maleta misteriosa. Unas caras de payasos tristes aparecieron en la pantalla, entre fogonazos, mientras la cámara mostraba el billete de diez dólares pegado al interior de la maleta.
Kash sacó el teléfono y me dejó mirando a la mujer que lloraba en la pantalla.
El infierno en la tierra. Yo también había visto resquicios de ese lugar, había visto sus llamas brillando en los ojos de los hombres malvados frente a los que me había sentado en la sala de interrogatorios, oyéndolos mientras confesaban sus crímenes.
Había visto intenciones malvadas en los ojos de los padres de acogida que me habían abierto las puertas de sus casas húmedas y atestadas, la luz del televisor reflejada en las paredes, los rostros de otros niños abandonados observando desde los rincones sombríos.
Entendía el efecto que había tenido para Kash ver cómo ardía el cuerpo de Zac Taby en el asiento del conductor del coche de Snale, década y media después de ver arder a sus amigos entre docenas de cadáveres más aquella terrible noche en Kuta.
A veces este trabajo te atrapa, y llegas a pensar que estás por encima del mal.
Que en un futuro distante brillará la luz y no habrá más terroristas.
Ni asesinos. Ni violadores, ni agresores.
Un sueño así bien merece sacrificarlo todo.
Amor. Amigos. Matrimonio. Hijos. La lucha parece valer la pena.
Hasta que te das cuenta de que, por mucho que te revuelques sobre las llamas, seguirán ardiendo, poderosas e insaciables.
De hecho, la lucha es eterna. Al igual que Kash, yo había entregado mi vida a mi trabajo.
Estaba presente en el aire que respiraba, era mi obsesión, a lo que dedicaba toda mi atención, aunque quizá debería haberla centrado en amistades, relaciones o quizá hasta en tener hijos.
Pero ese tipo de cosas no se me pasaban por la cabeza.
Y, sin embargo, eran las cosas por las que vivía el resto de la gente.
¿Era ese el motivo de que me hubiera llamado tanto la atención el bebé que Jed Chatt llevaba en brazos?
Era algo que desafiaba a la lógica, haberme acercado tanto a un hombre que solo unos minutos antes me había apuntado con un fusil para verle los ojos al bebé.
¿Habría algo más en mi interior, susurrándome cosas, o es que estaba perdiendo la cabeza porque me negaba a creer que el mundo tuviera que ser tan malvado?
Kash había perdido a su esposa a causa de su compromiso con la lucha eterna. Y necesitaba recuperarla.
Yo estaba tendida en la cama de un hospital, con el brazo roto contra el pecho, y me preguntaba si sería más feliz si dejaba de luchar.
Me arranqué la vía, aparté las sábanas y empecé a desatarme el pijama. Había dos enfermeras de pie en el exterior de mi cubículo, charlando junto al mostrador. En el momento en que me até los zapatos, se alejaron. Pasé a su lado y me dirigí al aparcamiento.
Luchar era lo único que se me daba bien. Ahora no podía parar.