Doble cara (Harriet Blue 2) 73
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Yo no dije nada. Mi trabajo como inspectora de Delitos Sexuales incluye trabajar con la máxima discreción en todo momento.

La gran mayoría de las víctimas con las que trabajo no quieren que nadie sepa lo que les ha pasado, y mucho menos sus familiares.

Confirmar o negar que conocía a Tenacity iba absolutamente en contra de las normas.

Kash seguramente lo sabía, pero no parecía que le importara.

Siguió hablando, dándole vueltas sin parar a la alianza que llevaba en el dedo.

—Supongo que hablarías con ella tras la agresión sexual —dijo—.

Sé que no puedes decir nada. Ella cree que no sé nada de eso.

Su madre me lo contó poco después de que sucediera.

Me dijo que Tenacity no quería que lo supiera porque pensaba que quizá yo lo tergiversaría y lo convertiría en parte de mi obsesión.

Bueno, tenía razón, por supuesto. Simplemente, lo incorporé al odio que ya sentía.

Fue un acicate más. Acababa de volver de una misión en Afganistán, y volví al servicio todo lo rápido que pude. Idiota de mí.

Se estiró sin levantarse de la silla, alargando las piernas por delante del cuerpo. La mujer de la pantalla estaba que no cabía en sí de felicidad. Había llegado a setenta y cinco mil dólares.

—Esa noche en Kuta, en Bali, solo me había alejado del bar unos treinta segundos —dijo Kash—.

Salí a la calle a responder una llamada de mi madre.

En el bar había demasiado ruido. Atravesé la puerta, giré a la izquierda y me fui a la esquina.

Sentí la onda expansiva como un golpe en el vientre.

De hecho, me tiró al suelo. Ni siquiera oí la explosión.

Fue como si me hubiera atropellado un coche.

Se pasó una mano por el cabello. Yo me quedé mirándolo, y me lo imaginé de pie, en la esquina de aquella calle, a la luz de la luna, entre los rótulos de neón y la gente que chillaba despavorida.

—Entonces me giré hacia atrás y vi que el local estaba ardiendo —dijo—.

Y que salía gente corriendo, algunos de ellos envueltos en llamas.

A otros les faltaba algún miembro. Yo era un surfista.

No había visto nunca nada así. Ni siquiera en las películas.

De pronto era como si hubiera muerto y me hubiera despertado en el infierno.

Y enseguida lo supe: quienquiera que hubiera causado aquello era una criatura del infierno.

Tenía que serlo, porque eso era algo que no podía suceder en la tierra.

La concursante de la tele había llegado a los cien mil dólares. Se la veía sofocada por la emoción. Se frotó los ojos, casi no podía respirar. Kash tenía la mirada fija en ella.

—A partir de entonces, así es como lo vi —dijo—.

Pensé que había gente malvada, demonios merodeando por la tierra, dispuestos a abrir una grieta en el suelo y liberar toda su maldad.

Tenía que combatirlos. Porque si no lo hacía, ¿qué sentido tenía?

Lo dejé todo. Fui a por ellos y dediqué mi vida a ello.

Era como si mi esposa, mi trabajo, mi familia y mis amigos no hubieran existido nunca.

Tenía una misión clara, con enemigos definidos, y eso era lo único que importaba. Y de pronto, anoche...

Por un momento pareció perderse en sus pensamientos. Esperé.

—Ayer volví al punto de partida. Sentí la explosión, la onda expansiva, vi las llamas.

—No es que... —Me costaba encontrar las palabras—. No ha sido tiempo perdido. Has luchado por una buena causa. No hay modo de saber cuántas vidas has podido salvar con tu trabajo.

—Pero yo quería acabar con la maldad —dijo él—. Supongo que me imaginaba que a estas alturas ya habría acabado todo, y que todos mis sacrificios habrían valido la pena. Pero la maldad está por todas partes. Parte del infierno está sobre la tierra, y nunca sabes cuándo te lo vas a encontrar.