72
Estaba tendida en un minúsculo cubículo rodeado de cortinas de un verde pálido, tiesa como un palo bajo las intensas luces blancas.
Di un respingo al sentir el contacto de unas manos en torno a la garganta, presionando, unos dedos duros contra la mandíbula.
Levanté el brazo bueno y me di cuenta de que no eran dedos, sino un collarín.
El dolor en la parte trasera del cráneo se iba extendiendo, y me hizo soltar un gruñido largo y grave, con la esperanza de que alguien me oyera y me trajeran medicamentos.
Algo estaba recorriendo mis venas. Probablemente morfina. Las lágrimas me caían por las sienes.
La morfina siempre me hace llorar.
Me llevé las manos al cierre de velcro que tenía a un lado del cuello.
—Ni se te ocurra. —Era la voz de Kash. Me apartó la mano—. Aún no te han hecho una radiografía.
En el televisor de la esquina se veía un concurso. Una mujer rolliza, de mediana edad, estaba dando saltitos de emoción, aparentemente porque había escogido bien entre una serie de maletines dorados que sostenían unas modelos bronceadas.
—Zac.
—No ha sobrevivido —dijo Kash.
Sentí una punzada de dolor en la boca del estómago, dura como un puñetazo. Inmediatamente apareció el sentido de culpa, como siempre, una cacofonía de voces que me gritaban al oído.
«Tendrías que haber pensado que robaría el oro».
«Tendrías que haberlo escuchado cuando te dijo que iba a escaparse».
«Tendrías que haber pensado que la casa de Snale era un objetivo claro».
«Tendrías que haberlo salvado».
«Tendrías que haberlo salvado».
«Tendrías...».
—Has tenido bastante suerte, porque retrocediste justo a tiempo —dijo Kash. Por el rabillo del ojo pude ver que estaba viendo la televisión—. Tienes quemaduras de primer grado. Son como un golpe de sol. Se te curarán en unos días.
Levanté el brazo izquierdo y examiné el yeso ortopédico, cubierto de una capa azul oscura, que me iba desde la articulación del codo a los nudillos. Tenía la muñeca destrozada. Conocía la sensación. Me había pasado antes, al intentar dar un puñetazo a alguien, fallar e impactar contra una pared.
—¿Dónde estamos?
—Hospital de White Cliffs. A cuatro horas de Last Chance. Nos vino a buscar un helicóptero.
—¿Tú estás bien? ¿Vicky...?
—Todos están bien —dijo—. Salvo Zac.
Me quedé inmóvil, sintiendo el sudor bajo el collarín, escuchando al presentador del concurso de la tele, que explicaba las normas de la siguiente ronda.
Había cuarenta mil dólares en juego. Mucho dinero para algunos.
Lo suficiente como para jugarse la vida.
Como para morir en el intento. «Tres días más y estaré en casa, Sam».
Podía aguantar la separación, pero no así.
No estirada en aquella camilla, observando las luces.
Me quité el collarín. Esta vez Kash no me lo impidió. Probablemente estuviera ya harto de mis tonterías. Me senté y sentí los puntos detrás de la cabeza, la zona que me habían afeitado.
—¿Qué tipo de bomba era?
—Ahora no deberías preocuparte por eso.
—Tú dímelo.
—De interruptor. —Kash suspiró—. Como pensaba.
Los de la Científica han recuperado unas cuantas piezas y las están examinando.
Era más sofisticada que la que mató a Theo Campbell, pero no mucho más.
Debía de haber dos interruptores. Uno era un mecanismo de apertura por presión, como los que se usan en los muebles de cocina modernos, de esos que no tienen tiradores.
En lugar de abrir la puerta del mueble tirando, presionas, hace un clic y, cuando sueltas, la puerta se abre.
Tienes que apretar otra vez y oír el clic para que la puerta se cierre.
El asesino habría conectado el detonador a un pulsante de ese tipo, de modo que cuando Zac se sentó hizo clic y cerró el circuito.
Si se hubiera levantado del asiento, lo habría abierto, cortando el circuito y accionando la bomba.
»Por lo que parece, el detonador secundario era un temporizador de cocina, el que oímos que hacía tictac. Se encuentran en cualquier supermercado por unos tres pavos. Todo junto le habrá costado poco dinero, y no habrá tenido ninguna dificultad para conseguir el material sin despertar sospechas.
—Aun así. Preguntemos en la tienda de Last Chance y los pueblos de los alrededores, para ver si alguien ha comprado algún temporizador de cocina recientemente.
—Han llegado los resultados de las búsquedas de las IP de todo el valle. No han dado con nadie que haya aprendido a hacer bombas en internet durante el año pasado. Necesitaremos otra orden si queremos seguir adelante.
—Joder. —Me froté los ojos—. ¿Por qué no se me ha ocurrido que irían a por nosotros? La primera víctima fue el jefe de policía. Es de pura lógica que a continuación fueran a por Snale.
—No está tan claro que Snale fuera el objetivo —dijo Kash, encogiéndose de hombros—. A lo mejor éramos tú o yo. O quizá fuera Zac.
Me quedé allí tendida, con la cabeza sobre la almohada, observando a mi socio, que seguía viendo la tele.
Tenía una mueca de decepción en el rostro y la mirada perdida.
No era el de siempre. No había ni rastro de todas aquellas bravuconadas, de ese tono arrogante que solía usar al hablar.
Parecía sin fuerzas. Y cuando habló, entendí por qué.
—Sé que has hablado con Tenacity —dijo.