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—Ya te tengo —gruñó el hombre levantando del suelo a Caitlyn, convertida en un peso muerto entre sus gruesos brazos—. Ya te tengo, cariño.
Caitlyn estaba exhausta. Dejó caer la cabeza contra el brazo del hombre y levantó la mirada. Cabello rubio desaliñado, un rostro duro con ojos oscuros, cansados. Corría con ella, echando la mirada atrás, hacia el edificio, mientras se acercaban a la calle.
—¡La tengo! ¡Traigan a un médico!
—¿Dónde está? —preguntó ella—. ¿Está...? ¿Está...?
—No lo sé —dijo el hombre—. Pero no está aquí, y eso es todo lo que necesitas saber. Soy policía, conmigo estás a salvo. Encontraremos a ese cabrón, no te preocupes.
—He matado a un hombre —susurró Caitlyn. El sueño la estaba venciendo. Empezó a aparecer gente a su alrededor, rostros en torno a los hombros del hombre, abriéndose paso. Oyó sirenas.
—¿Qué?
—He matado a alguien —dijo Caitlyn.
—¿Ah, sí? —El hombre rubio hizo una mueca, divertido—. Bienvenida al club, cariño.