70
La calle estaba llena de gente. Oía voces gritando y pisadas sobre la tierra, unas manos que me agarraban, tirando de mí, levantándome la cabeza. Estaba atrapada en un sueño, atacada por una turba. Intenté abrir la boca y coger aire, pero sentía un peso sobre las costillas.
Me quedé inmóvil, comprobando mis lesiones.
Me había golpeado la nuca con fuerza. Tenía el radio izquierdo roto.
Y si no conseguía respirar pronto, tendría que añadir a mi lista el colapso pulmonar.
Abrí los ojos y contemplé las estrellas, que giraban y giraban en el cielo oscuro, hasta que se interpuso el rostro de Kash. Tenía una manguera en la mano.
Su enorme mano me cubría la cabeza. Me di cuenta de que me estaba regando. Sentí el agua fría sobre los hombros y por la parte trasera de los brazos. Tenía la ropa empapada.
—Son solo quemaduras por destello —me decía—. No te preocupes. Estás bien.
—Zac —dije tosiendo. Intenté levantar la cabeza.
El todoterreno estaba en llamas. Había gente alrededor, con la boca abierta y los ojos como platos, observando las llamas, de cuatro o cinco metros de altura.
El techo del vehículo estaba retorcido hacia atrás como la tapa de una lata, y las puertas habían desaparecido.
—No te muevas —dijo Kash intentando retenerme—. Has salido volando. Podrías tener una lesión de columna.
—¿Está ahí dentro? —pregunté. Kash no respondió—. ¿Ha conseguido salir?
Más voces a mi alrededor. La hierba bajo mi cuerpo me transmitía una sensación fresca, acogedora, sus suaves dedos verdes me agarraban de las muñecas, tirando de mí.
Dejé caer la cabeza hacia un lado y me quedé mirando a la multitud que rodeaba el coche envuelto en llamas. Eran como máscaras doradas.
En un extremo del grupo, entre la gente que tenía más cerca, distinguí la silueta de Jace Robit y una mujer esbelta, su esposa, en bata.
Uno de los amigos de Jace, un tipo alto y desgarbado, acudió a su lado, y luego llegaron otros dos con sus esposas.
Jace le dio un codazo en las costillas a su amigo y señaló el coche, alargando las manos, como si quisiera calentarse las palmas, con una sonrisa en el rostro.