Doble cara (Harriet Blue 2) 69
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Estaba detrás de ella. Justo detrás de ella: ya incluso le tocaba la punta del cabello con las manos.

Caitlyn corrió por aquel laberinto de estancias en busca de la luz, pero solo veía ventanas cubiertas con tablones y puertas tapiadas.

¿En qué planta estaban? ¿Qué hora del día sería?

Casi no acababa de creerse que aquello fuera de verdad.

Había soñado tantas veces con huir... Y, sin embargo, algo en su interior le decía que dejara de llevar su cuerpo al límite, que se dejara caer, que cediera, para volver a despertarse en aquel sótano, que era donde debía estar.

Toda su vida fuera de aquella cámara había sido un sueño.

No tenía madre, ni trabajo, ni apartamento.

Había nacido en aquel hoyo oscuro. Tenía que dejar de luchar.

Cuando llegó a las escaleras ya casi no podía luchar contra el agotamiento.

Eran como una montaña de madera astillada que llevaba a otro espacio oscuro.

En el momento en que levantó el pie, él la agarró del tobillo y tiró de ella hacia abajo.

Se golpeó la barbilla con fuerza contra el último escalón, rompiéndose los dientes.

Caitlyn agarró el pasamanos y consiguió arrancar un pedazo.

Estaba podrido y húmedo, y pesaba poco, pero lo lanzó igualmente, y consiguió que el hombre la soltara.

Volvió a trepar por las escaleras y giró a la derecha, sin tener ni idea de adónde le llevaría aquello.

Ahora lo único que la aterraba era encontrarse con un callejón sin salida.

Si se veía acorralada, sabía que no podría seguir luchando.

Las rodillas y las caderas ya le dolían, y amenazaban con fallarle una vez más.

Lo oyó jadear, miró hacia atrás y no lo vio.

Probó a abrir una puerta, pero estaba bloqueada.

El hombre debía de estar dando un rodeo para cortarle el paso por otras escaleras.

Caitlyn gritó pidiendo ayuda, golpeando puertas.

La lluvia se colaba por el techo. Empujó con fuerza una puerta y cayó al suelo mojado de la calle.

La luz era cegadora. Caitlyn se arrastró hacia la calzada, borrosa a lo lejos, intentando encontrar fuerzas para chillar. Allí había gente caminando, solo manchas de color para sus maltrechos ojos. Gritó, pero nadie se giró. Se había quedado sin voz.

De pronto sintió una mano que le agarraba el brazo con fuerza y tiraba de ella hacia atrás.