Doble cara (Harriet Blue 2) 66
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Yo no quería dejar a Zac. Pero sabía que si conseguía encontrar al asesino, podría obligarle a decirnos cómo desactivar la bomba.

Con los dientes apretados, entré en la casa a toda velocidad y cogí mi arma.

Snale corría detrás de mí, con el diario que había cogido de la mesa de la cocina.

La rabia me bullía en la garganta, casi convertida en un gruñido.

Iba a encontrar a ese cabrón enfermo y tendría que anular la trampa en la que había metido al chico.

Y si para conseguirlo tenía que darle de palos hasta casi arrancarle la vida, lo haría.

Atravesé el porche de Snale y salí al patio por la puerta de atrás, manteniendo el cuerpo bajo para que no se distinguiera mi silueta con las luces de la casa.

Con la pistola en la mano, escruté el horizonte, forzando la vista para adaptarme a la oscuridad.

Luego salté una valla y pasé al patio de al lado.

Aún oía los gemidos de Zac a lo lejos. Las luces de la casa de Snale se encendieron y, con el paso de los segundos, empezaron a aparecer otras luces a lo lejos, a medida que los vecinos de la zona iban avisándose, asustados.

—Venga, mierdecilla —murmuré entre dientes—. ¿Dónde estás?

Crucé la calle y el jardín de la casa frente a la de Snale, en dirección a la minúscula casa en el centro de un campo desierto. En el momento en que me colé en el porche salió una mujer, una madre joven, con unos niños pequeños corriendo tras ella. Soltó un chillido al verme.

—Soy policía —dije—. ¿Está bien? ¿Ha visto a alguien por la zona?

—No, no —dijo la mujer, intentando meter a sus hijos en casa, pero ellos se resistían. Miraban mi pistola, boquiabiertos—. Hemos oído gritos. ¿Qué ha pasado?

—Entre en casa —le ordené—. Y cierre la puerta.

—Al final saldrá todo —dijo ella meneando la cabeza apesadumbrada, temblando y agarrando a sus pequeños por el hombro de los pijamas, como si fueran a escapársele corriendo—. Y el final está cerca.

—¿Qué? —exclamé mirándola—. ¿Qué significa eso?

Desapareció dentro de la casa. Yo seguí adelante, rodeando su casa y pasando por el campo vecino, sintiendo el sudor que me caía por el cuello y las costillas. Cuando regresé a casa de Snale, me la encontré de rodillas, en el umbral, hojeando el diario, mientras Kash intentaba razonar con Zac.

—¿Has encontrado a alguien?

—No. —Me arrodillé a su lado—. ¿Tú qué has encontrado?

—Creo que es esto —dijo ella señalando un complejo diagrama pintado en tinta azul y roja—. Creo que está conectado al asiento. Si se levanta, estallará.

Cogí el diario y se lo llevé a Kash, que estaba de puntillas con otra linterna, intentando ver la parte trasera del asiento de Zac.

—Oh, Dios —exclamó Zac jadeando, mientras presionaba las manos contra el otro lado del cristal, con los dedos separados, desesperado—. Joder, creo que oigo un tictac.

Kash me arrancó el diario de las manos y echó una mirada al diagrama.

—Lo que me pensaba: un interruptor. Está conectado al asiento del conductor. Podemos abrir las puertas.

—¡No abráis las puertas! —gritó Zac—. ¡No quiero morir! ¡Oh, Dios! ¡Por favor!

—Empecemos por la puerta del acompañante —propuso Kash—. Por si acaso.

Corrimos al otro lado del coche. Kash me empujó, haciéndome retroceder.

—Yo lo haré.

Accionó con cuidado la manilla de la puerta del acompañante. Se oyó un clic.

Yo tenía la boca seca. Me encogí, esperando oír la explosión.

Pero no ocurrió nada. Fui corriendo hacia la puerta, junto a Kash, alargué la mano y agarré las de Zac.

—Está bien —dije apretándole los dedos—. No te muevas. Vamos a buscar la manera de sacarte de ahí.

Kash se apoyó en el hueco de la puerta, intentando no tocar nada, y pasó la luz de la linterna por los asientos, el salpicadero y el asiento de atrás.

—Joder —murmuró—. Está todo conectado bajo los asientos. Desde este ángulo no llego. —Dio un paso atrás y bajó la voz—. Oigo el tictac de un temporizador.

—¿Puedes verlo?

—No, está encajado ahí abajo, con todos los circuitos. No puedo llegar hasta ahí a menos que meta la mano, y no tenemos ni idea de dónde está el interruptor. Si corto el circuito en el lugar equivocado, todo saltará por los aires.

Sin darnos cuenta íbamos separándonos del coche, alejándonos de la zona de explosión. Zac seguía sentado al volante, alargando los brazos hacia nosotros, sollozando.

—¡Por favor no os vayáis! ¡No me dejéis aquí!

—¿Qué podemos hacer?

—Podemos poner un peso equivalente en su lugar —dijo Kash jadeando, con la mirada puesta en la casa—. Tendría que ser algo que pesara al menos lo mismo que el chico. No sabemos lo sensible que será el interruptor. Si no pesa lo suficiente, podría...

—Yo me encargo.

Salí corriendo hacia la casa. En el vestíbulo había unos colgadores, y entre una serie de sombreros y abrigos, había una mochila.

La cogí y fui corriendo al salón, casi resbalando por el suelo de madera, y vacié la mochila, esparciendo su contenido por el suelo.

Cogí todo lo que encontré que pesara y empecé a meterlo dentro.

Botellas de vino. Un enorme diccionario.

Una escultura de hierro forjado que había sobre un estante.

A medida que avanzaba, oía el entrechocar de los objetos en la mochila.

Las manos me temblaban tanto que apenas me respondían.

Los gritos de Zac me quemaban en los oídos.

—¡Ya voy! —grité—. ¡Ya voy, Zac! ¡Aguanta!