67
Caitlyn sintió que le fallaban las rodillas.
Pero aquello fue precisamente lo que la salvó del puñetazo que le pasó rozando la cabeza, mientras el miedo la consumía por completo.
Se lanzó contra las piernas del hombre, con las suyas convertidas en gelatina por el miedo.
Él la agarró de la cintura, del cabello, intentando inmovilizarla.
Pero estaba demasiado cerca. Dio un paso atrás.
—Zorra idiota —gruñó. Le dio la vuelta, agarrándola por debajo de los brazos, intentando hincarle los dedos en las carnes—. ¡Vuelve ahí dentro!
Fue la visión de la puerta abierta lo que despertó de nuevo la rabia de Caitlyn.
El enorme poder de absorción de la habitación detrás de ella, las horas, los días, las semanas que se había pasado viviendo aquella pesadilla de hormigón, soñando con su liberación.
De pronto se le endurecieron los músculos.
Levantó la pierna y la plantó en el marco de la puerta, sorprendiéndolo, y los dos salieron despedidos hacia atrás.
—¡No! —gritó ella con el cuerpo doblado en dos por el dolor y el agotamiento.
No sabía cómo pelear. Nunca había tenido una refriega con un desconocido, pero ahora la dominaba un terror animal.
Tensó las manos, curvando los dedos como garras, y apretó la mandíbula, mostrándole los dientes.
Se lanzó contra su cuerpo con todas sus fuerzas.
Ambos cayeron rodando por el suelo, y se encontró las piernas de él rodeándole la cintura, y sus brazos y manos dándole manotazos en el rostro, en su intento por agarrarla.
Dejó que la abrazara, y le mordió con fuerza el hombro o el pecho en algún punto por debajo de la camisa.
Estaba cegada, furiosa, desgarrándolo, tirándole de las mejillas y de las orejas, arañándole los ojos.
Él rodó hacia el otro lado y de pronto se vio libre. Tambaleándose, apoyándose en las paredes, salió corriendo, en busca de la libertad. Los pasos del secuestrador resonaban a sus espaldas.