Doble cara (Harriet Blue 2) 64
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—¡Oh, Dios mío! —balbucí mientras leía la nota que tenía en la mano Zac, que señalaba desesperadamente al asiento posterior.

Di un paso al lado y miré dentro. Había tres enormes bombonas de butano sobre los asientos, como tres rechonchos pasajeros blancos, sujetas con los cinturones de seguridad.

Apoyé las manos en el cristal y Zac puso las suyas en el otro lado, mirándome a los ojos, temblando de miedo.

—¡No vi la nota hasta que me metí en el coche! —gritó—. ¡No vi las bombonas de gas!

—Ya, ya —grité—. Tranquilo, tranquilo.

Miré a mis socios. Snale estaba mucho más atrás, con las manos sobre la boca.

Kash estaba rodeando el coche, mirando por las ventanillas.

Se echó al suelo frente al motor y examinó los bajos.

Ambos estaban jadeando, como yo. La adrenalina me corría tan rápido por las venas que apenas podía pensar.

Tenía la mente fragmentada, corriendo en direcciones diferentes.

Tuve que contener tres o cuatro veces el impulso irracional de tirar sin más de la puerta y sacar al chico de ahí dentro.

—¡No te dejes llevar por el pánico! —le grité sin poder controlar el miedo yo misma. Mi mente racional me decía que me alejara del coche. Era imposible saber cuándo iba a explotar, o qué provocaría la detonación. Dejé de tocar las ventanas—. Tú... tú... ¡Oh, Dios! ¡No pierdas la cabeza!

Me giré a mirar a Kash, y el gesto de su rostro no me tranquilizó. Tenía el dorso de la mano pegado a la boca, como si sintiera arcadas. Se acercó a la ventanilla del conductor con paso incierto.

—¿Qué pasó cuando entraste en el coche? —gritó.

—Oí un clic al sentarme —dijo Zac, con la voz amortiguada por el cristal—. ¡Como... como si una pieza se hubiera encajado en su sitio!

—¿Ahora oyes algo? ¿Un tictac o un murmullo? ¿Algo?

—¡No lo sé! ¡Tengo miedo! ¡No me dejéis aquí, por favor!

El chico se echó a llorar. En el asiento del pasajero, a su lado, vi el paquete de plástico negro. Había intentado largarse con el oro. Irse de allí en busca de tierras soleadas. Se la había jugado, apostando por una nueva vida, y ahora eso podía costarle la que ya tenía.

Retrocedí unos pasos con Kash, agarrándome el cabello con las manos.

—¿De qué se trata?

—Podrían ser muchas cosas —dijo pasándose la lengua por el bigote cubierto de sudor—. Sabemos, por la bomba de la colina, que el asesino es nuevo en esto. Así que descarto un mecanismo complejo de reacción química. Probablemente sea un interruptor. De mercurio líquido quizá.

—¿Qué? ¿Qué cojones? ¿Y cómo lo desactivamos?

—Tengo que saber más —dijo. El hombretón que tenía delante estaba temblando como una hoja, pero su gesto era de concentración—. Quizá esté conectado al asiento. O podría estar conectado con las puertas.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—No hay modo de saberlo. Tenemos que descubrir si hay un temporizador y de qué tipo.

—Eso te lo dejo a ti. Yo me voy a dar una vuelta por las inmediaciones. Esto es un espectáculo. Seguro que el asesino no habrá querido perdérselo.

Me fui corriendo hacia la casa, encogiendo el rostro al oír la súplica de Zac a mis espaldas.

—¡No me dejes! —gritó—. ¡No quiero morir!