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Caitlyn oyó los pasos del hombre acercándose. Lentos, desganados, probablemente se sintiera aliviado al ver que por fin había muerto, en silencio y sin hacer jaleo.
Había ganado. La partida no había acabado con un final rápido, violento y doloroso para ella, sino con una renuncia, un abandono por parte de su víctima, que se había rendido, célula a célula, dejando que la muerte se apoderara de ella.
Ahora podía dejar sus restos allí mismo o disponer de ellos como más le gustara.
Acercó el pie a su hombro y le dio un empujoncito, y luego otro más. Estaba inerte. No le costó relajar los miembros por completo. De hecho, mantenerse despierta era lo que le costaba cierto esfuerzo, ya desde hacía unas semanas. Notaba cómo iba adueñándose de ella la oscuridad, poco a poco.
Oyó que el hombre soltaba un gruñido al ponerse en cuclillas.
«Sí —pensó Caitlyn—. Un poquito más cerca».
Oculta entre su pecho y el suelo, Caitlyn tenía agarrada la gruesa pieza hexagonal que remataba la lanza de acero que había extraído de uno de los viejos barriles de cerveza.
El arma era contundente, no tenía filo y estaba oxidada, pero no tenía otra cosa.
Sintió el aliento del hombre tras la nuca y apretó el puño en torno al mango.