Doble cara (Harriet Blue 2) 62
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Se quedaron un rato sentados en el coche de Whitt, al margen de Parramatta Road.

El único sonido que se oía era el repiqueteo de la lluvia en el techo del coche.

Aunque el motor estaba apagado, las curtidas manos de Tox agarraban con fuerza el volante.

Tenía la cabeza inclinada hacia delante, los dientes apretados y la vista fija en los dibujos que trazaba la lluvia sobre el parabrisas.

Whitt lo miró. Apenas lo veía respirar. Él mismo sentía el corazón desbocado desde el momento en que habían salido del pequeño aparcamiento de la universidad.

Con la cámara en las manos y el sonido apagado, observó cómo salía el sedán verde del aparcamiento al final de la grabación.

Solo se veía una sombra tras el volante.

Un par de manos blancas haciendo girar el volante con calma, dirigiendo el vehículo hacia el distrito de las ciencias.

—Podría no llevarnos a nada —le advirtió Whitt—. Cuando el laboratorio rastree el número de serie quizá encuentre que pertenecía a algún otro estudiante. A alguien que lo ha tirado ahí a propósito, o a quien se le cayó al salir del coche.

—Es el teléfono de Caitlyn McBeal —insistió Tox—. Está roto porque se le rompió durante el forcejeo, mientras la estaban secuestrando.

Whitt suspiró.

—Y el sedán verde... Podría ser simplemente un estudiante que volvía a casa.

—Es el asesino —dijo Tox—. Llevándose a Caitlyn McBeal.

Al buscar la matrícula del sedán verde habían descubierto que era un coche robado.

Whitt se dijo a sí mismo que eso no significaba nada.

No sería tan raro que un estudiante llevara un coche robado.

Los estudiantes compraban coches, los vendían, los robaban, los intercambiaban...

Desde siempre, los universitarios y los coches viejos han tenido una relación compleja.

Podría no ser más que una coincidencia que el sedán estuviera saliendo del aparcamiento apenas unos momentos después del supuesto secuestro de Caitlyn.

Por mucho que se dijera que probablemente estaban siguiendo humo, Whitt no podía evitar sentir un cosquilleo dentro, la sensación de que quizá se equivocara.

Cuando el teléfono de Tox sonó, los dos hombres alargaron la mano a la vez para cogerlo.

—Tienen el coche —dijo Whitt, indicándole a su socio que arrancara el coche—. Está frente al viejo hotel Pinkerton. Vamos.