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No supe que me había dormido hasta que oí una sirena estruendosa que resonó en el interior de mi cráneo.
Me puse en pie de un salto, aparté el portátil y el teléfono de un manotazo, y a punto estuve de tropezar con el cerdo, tendido junto al colchón vacío de Zac.
Los pies descalzos de Kash golpeaban el suelo del salón, hasta que salió por la puerta delantera de la casa, en calzoncillos, poniéndose las gafas a toda prisa. A lo lejos vi el brillo de unas luces.
—¿Qué ha sido eso?
—La bocina de un coche —dijo él con la pistola en la mano.
—¿Dónde está Zac?
—¿Qué está pasando? —Snale salió corriendo de su dormitorio, con su pijama rosa estampado con cerditos sonrientes que bailaban.
Atravesé la casa a la carrera y salí por la puerta delantera, con mis dos compañeros siguiéndome de cerca.
Zac estaba sentado al volante del todoterreno de Snale, presionando la bocina y accionando las luces largas. Me seguía con la mirada, al tiempo que apretaba los dientes.
—¿Qué pasa? —grité—. ¿Qué? ¿Qué? —Alargué la mano para abrir la puerta, pero él gritó antes de que pudiera hacerlo.
—¡No lo hagas! —gritó a través del cristal, mostrándome las palmas de las manos en señal de rendición—. ¡No toques nada! ¡Mira! ¡Mira!
Agarró una hoja de papel que estaba pegada al volante con cinta adhesiva y la pegó contra el cristal.
El mensaje estaba escrito a mano. Decía: «no salgas».